—A mí me parece que el señor Rosales ya está perdiendo el juicio, ¿cómo se le ocurre dejar que ella regrese al Grupo?
—Y encima le permitió que nos quitara nuestros puestos.
Los altos mandos del Grupo Rosales se iban encendiendo cada vez más, hasta que sus venas parecían a punto de explotar de la rabia. Nadie quería pasar de ganar un millón al año a solo cien mil. Es fácil acostumbrarse a la buena vida, pero volver atrás... eso sí que cala hondo.
Él ya no soportaba más esta humillación. Y en casa, su esposa tampoco aguantaba la situación.
César apenas esbozó una sonrisa torcida; entendía perfectamente lo cargados de resentimiento que estaban, pero al fin y al cabo, seguía siendo parte de la familia Rosales. No podía irse de frente contra Aurora, al menos no de manera abierta.
La fachada, eso sí, tenía que mantenerla. Pero en eso de echarle leña al fuego... se le daba de maravilla.
—Félix, créeme, entiendo por todo lo que estás pasando. Pero sabes bien que yo logré entrar al Grupo Rosales y ser gerente general sólo porque mi hermana me echó la mano.
—Si ella decide quitarme del puesto, no tengo nada que reprocharle.
—Pero no soporto verla rebajando a todos ustedes. Son quienes han estado con el Grupo Rosales en las buenas y en las malas. Si me tengo que ir yo, ni modo. Pero el Grupo no puede perderlos a ustedes. Voy a hacer hasta lo imposible para que recuperen sus cargos, aunque tenga que rogarle de rodillas tres días seguidos.
—Lo único que les pediría es que, cuando vuelvan, cuiden bien del Grupo Rosales.
Las palabras de César, tan “sentidas”, ablandaron completamente al alto mando que lo escuchaba.
—Señor Rosales, usted es demasiado bueno, por eso la señorita Aurora se aprovecha así de usted —le decía el directivo, mientras por dentro hervía de coraje y deseaba que a Aurora le fuera mal en la vida—. Una mujer tan desalmada como ella, jamás va a tener un final feliz.
César escuchó cómo despotricaban contra Aurora. Se le dibujó una sonrisa maliciosa, aunque no soltó ni una carcajada. Solo siguió curvando los labios mientras bajaba despacio las escaleras, dejando caer la bomba con sutileza.
—Félix, no hables así de mi hermana.
—Ella no es mala persona. Lo que pasa es que, últimamente, ha estado algo descontrolada en la empresa por la depresión posparto.
—No le tomes importancia —dijo César, lanzando esa frase como quien no quiere la cosa, pero de paso dejaba a Aurora como si tuviera problemas mentales.
Eso solo hizo que Félix, el directivo, le tomara aún más tirria a Aurora. Ya hasta se estaba imaginando cómo sacarla del Grupo esa misma noche.
—Señor Rosales, ¿y todavía la defiende en estos momentos?
—Usted sí que es demasiado noble.
César jugueteó con la prótesis metálica de su dedo, siguiendo con su papel de víctima resignada.
—Ni modo, Félix, al final es mi hermana.
—Mira, ahora que me mandó a descansar y a recuperarme en casa, no estoy tan metido en los asuntos de la empresa. Pero lo único que me preocupa es el contrato que cerramos la semana pasada.
—Mañana ve a la oficina y entrégale el contrato a mi hermana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací en la Noche del Parto