César no había salido del hospital hacía mucho cuando el celular de Aurora vibró, notificándole que acababa de recibir el registro de la llamada que él tuvo esa noche con el directivo Félix.
César ni siquiera imaginaba lo que se tejía a sus espaldas.
Desde que Aurora dio a luz, había empezado a planear minuciosamente cómo hundirlo a él y a Lavinia. Entre sus movimientos, había estado el de instalar un dispositivo en el celular de César para escuchar sus llamadas.
Así, cada vez que él hablaba con alguien, ella se enteraba de todo.
Aurora desbloqueó la pantalla y convirtió el registro de la llamada en un archivo de audio, lista para escucharlo cuando…
Ricardo se levantó para acercarle una toallita húmeda y tibia.
—Auri, límpiate las manos —le ofreció con una sonrisa amable—. Acabas de pelar camarones, seguro tienes los dedos llenos de grasa.
Aurora bajó la mano de inmediato, interrumpiendo su tarea. Sonrió luminosa y le extendió ambas manos, delicadas y blancas.
—Amor, ¿me ayudas a limpiarlas?
Ricardo no se hizo de rogar. Se sentó junto a ella, observó un instante sus dedos tan pálidos que casi brillaban. Los tomó con cuidado y comenzó a limpiarles cada rastro de grasa con la toalla aún caliente.
Aunque Aurora había usado guantes desechables para pelar los camarones, el material era tan delgado que el aceite igual se le había pegado en la punta de los dedos.
Ricardo, con la cabeza baja, le limpió cada dedo uno por uno, con una paciencia infinita. Aurora tampoco se movió: se quedó sentada, tranquila, dejándose consentir.
Cuando terminó de dejarle los diez dedos impecables, Ricardo dejó la toallita en la mesa y le habló con voz suave:
—Todavía falta el postre.
—¿Quieres que pida que lo traigan ya?
Aurora asintió, sonriente.
—Sí, gracias, amor. No hay nadie mejor que tú.
Sabía exactamente cómo hablarle al corazón. Con solo decirle “gracias, amor”, Ricardo sentía que se le inflaba el pecho de orgullo.
Sus ojos oscuros la miraron con intensidad mientras se levantaba para llamar al mesero.
Entonces Aurora recordó el audio que le había llegado al celular. Lo tomó y, antes de que Ricardo pudiera irse, lo sujetó de la mano.
—Amor, ¿me ayudas a analizar una grabación?
Ricardo arqueó una ceja.
—¿Qué grabación?
Aurora le puso el celular en la mano. Era un mensaje enviado por Patricia.
Patricia, aunque era representante de artistas, tenía años de experiencia en el medio. Para ella, cosas como rastreo, grabaciones y hasta videos ocultos, eran pan comido.
Aurora sabía que conseguir mensajes de texto era más complicado, pero grabar llamadas no era ningún reto para Patricia.
—Es una llamada entre César y un directivo —explicó Aurora, mientras jugueteaba con los dedos de Ricardo, rozando distraída la zona de la clavícula que asomaba bajo su camisa.
El roce suave de sus dedos hizo que Ricardo contuviera el aliento, se sonrojara y, con voz baja, la detuvo.
—Auri, ya… así no.
—Ya vinimos una vez…
Si seguían así, seguro él no podría resistirse y terminaría cambiando los papeles. Pero sabía que Aurora aún no se recuperaba del todo, y no quería lastimarla.
Aurora no pudo evitar soltar una risa ligera por su reacción.

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