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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 133

En el hospital.

Después de que llevaron a Lavinia de urgencia, su representante, Luna, logró que la trasladaran a una habitación privada.

Al cerrar la puerta, Luna la miró con el ceño arrugado, entre resignada y preocupada. Lavinia estaba recostada en la cama, luciendo tan frágil como una muñeca de porcelana, tan delicada que casi parecía a punto de romperse.

—Lavi, ¿de verdad era necesario llegar a esto? —preguntó Luna, con voz suave y llena de compasión—. Tú sola no puedes enfrentarte a la familia Rosales.

—Déjalo ya. Cuando seas famosa, ¿crees que te va a faltar quien te quiera en una familia rica?

Pero Lavinia se negó rotundamente. Ella amaba a César.

Además, con su situación actual, aunque se abriera camino en el mundo del espectáculo, las familias poderosas jamás aceptarían casarse con alguien como ella.

Para Lavinia, César y ella estaban hechos el uno para el otro. Nadie más.

—Luna, no insistas. Yo solo me casaré con César en esta vida —respondió Lavinia, mordiendo su labio con fuerza. Tenía la mirada perdida en el techo blanco, llena de rabia y resentimiento.

—Aurora es una víbora, no puede verme feliz —escupió Lavinia, temblando de furia—. Está obligando a César a casarse con Noemí a propósito.

—Ella es una desgraciada. Se merece lo peor.

Si hubiera previsto lo que Aurora haría, habría convencido a César de deshacerse de esa mujer hace tiempo. Así, Ricardo la habría echado de la casa sin piedad.

—Por favor, mi niña, habla más bajo —suplicó Luna, acercándose apresurada y cubriéndole la boca con la mano—. No olvides que por lo de los contratos ahora la empresa te tiene medio vetada. Si sigues maldiciéndola, te van a bloquear por completo.

—¿Quieres que te desaparezcan del medio?

¿Bloquearla? ¿No era eso justo lo que Aurora quería?

No importaba cuánto se esforzara Lavinia por caerle bien, Aurora jamás le perdonaría nada. Siempre encontraba la manera de hacerle la vida imposible.

Lavinia apretó los dientes, los dedos crispados hasta que los nudillos le tronaron. En ese momento, lo único que deseaba era destrozar a Aurora con sus propias manos.

—¡La odio! —Lavinia apartó la mano de Luna de un manotazo, los ojos encendidos como si fuera a explotar—. ¡La odio!

Luna se quedó sin palabras. La intensidad de Lavinia la dejó helada, sin saber cómo consolarla.

Justo cuando iba a intentarlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Entró César, con el rostro cubierto por un cubrebocas y vestido con ropa deportiva negra, moviéndose sigiloso como si tuviera miedo de ser descubierto.

Apenas la vio, tiró el cubrebocas al suelo y corrió a su lado. Sus ojos estaban enrojecidos y tomó las manos de Lavinia con fuerza, la voz temblándole de angustia.

—Lavi, ¿cómo te sientes? ¿Por qué te pusiste así? Yo te dije que iba a encontrar una solución.

—No pienso traicionarte.

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