César fingió con todas sus fuerzas que apenas podía abrir los ojos. Los tenía enrojecidos y todo su cuerpo desprendía una lástima que partía el alma. Con las manos temblorosas, se aferró a la mano de Fermín, y entre sollozos, lanzó:
—Papá, ¿por qué me salvaste? Mejor déjame ir, ya nada importa.
—Ay, hijo, ¿qué te pasa? ¿De dónde sacas esas ideas? —le contestó Fermín, lleno de preocupación.
—¿Por qué te aventaste a la piscina? En esta familia nunca te hemos hecho a un lado —Fermín le apretó la mano, conmovido—. Si algo te duele, háblalo conmigo.
—¿Por qué te pones así?
—¿No será que hoy Auri te bajó de puesto en la empresa? —suspiró Fermín—. Mira, Auri me explicó que hay gente que solo está en la empresa para sacar provecho. Ella tomó esa decisión para exponerlos, y lo tuyo fue solo para provocar a esos aprovechados.
—No te amargues. Al final de cuentas, la empresa es para ti y tu hermana. No siempre te va a dejar en el área de administración —Fermín trató de consolarlo.
Por dentro, César se burlaba. ¿Aprovechados? ¿En serio?
Para él, Fermín seguía siendo igual de ingenuo que siempre.
Aurora había hecho todo eso solo para señalarlo a él como el verdadero problema de la empresa.
Y, aun así, Fermín creía que ella actuaba por el bien de todos.
Sin embargo, César no dijo nada de eso. Dejó que las lágrimas corrieran por su cara y puso cara de mártir:
—Papá, yo no culpo a mi hermana.
—Desde siempre, ella ha sido la consentida de la familia Rosales. El Grupo Rosales es suyo, y es lo justo.
—Lo que pasa es que… yo no quiero quedarme con el destino de casarme con la señorita Cordero —dijo César entre llantos entrecortados—. Ella es demasiado buena, demasiado linda, merece alguien mejor.
—Y yo… mi salud está muy mal. No puedo arrastrarla a mi desgracia.
—Papá, sé que firmaste ese contrato con la familia Cordero, pero puedo encontrar una solución. No quiero que la señorita Cordero sufra por mi culpa —agregó César, fingiendo que le faltaba el aire y comenzando a toser con fuerza—. Mira, papá… mi condición…
—¿Y si me caso con la señorita Cordero y a los pocos días me muero? —continuó César, lanzando una mirada de advertencia—. Ella se quedaría viuda y la familia Cordero no nos lo perdonaría.
Fermín se quedó pensativo.
Lo que decía César no sonaba tan descabellado.
—Cesi, ¿de verdad no quieres casarte con Noemí? —preguntó Fermín, bajando la voz, como si ya no quisiera presionarlo.

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