César tenía la cara pálida como papel mientras la miraba, sintiendo el estómago revuelto.
Estaba a punto de vomitar.
—Señorita Cordero, estoy bien.
—Y además, soy menor que usted, así que no me llame así, por favor.
Noemí ni caso le hizo:
—Cesi, llamarte hermano no tiene nada que ver con la edad. Me gusta decirte así.
Fermín soltó una sonrisa incómoda:
—Noemí, ¿por qué no te vas con Auri a la sala?
—En un rato los alcanzamos.
Tampoco era cosa fácil para Fermín decirle a Noemí que César no quería comprometerse y menos que había intentado hacerse daño.
Mejor la convencía de irse a la sala primero.
Pero Noemí no tenía ganas de irse.
Aun así, insistió en tomarle la mano a César, queriendo ayudarlo a levantarse:
—Señor Rosales, ¿qué le pasó a Cesi?
—¿Por qué está todo mojado, tirado aquí?
Fermín se quedó pensativo, buscando alguna excusa creíble.
Aurora llegó con sus tacones resonando en el piso.
Sostenía una sombrilla y, desde arriba, observó a César tirado junto a la piscina.
Si no fuera porque había vivido todo de nuevo...
En su vida pasada, al verlo así, seguro corría a levantarlo conmovida.
Pero ahora...
Solo podía pensar que, aun así, él sí se atrevió a hacerle esto.
¿Así que no quería el compromiso de fin de mes?
Pues justo por eso, ella haría que no pudiera negarse.
—Cesi, ¿qué te pasó? —Aurora regresó de sus pensamientos y lo miró con una sonrisa misteriosa.
César mantuvo el gesto tenso y respondió despacio:
—Nada... Me resbalé y caí en la piscina.
Aurora se rio por dentro, pero fingió preocupación en el rostro:
—¿En serio? ¿No te pegaste en ningún lado?
—¿No tragaste agua?
—¿Quieres que alguien te haga respiración boca a boca?
Soltó la última frase como si nada, pero Noemí la escuchó y se le iluminaron los ojos.

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