Roque y la policía ya estaban apostados en el pueblo desde temprano.
A las siete, Ramona llevó a Sania en carro hasta cerca. Detrás venía un grupo de policías de apoyo.
Ya casi a la hora, Sania bajó con dos maletas.
Ramona le apretó la mano.
—Con cuidado.
Sania asintió con fuerza.
—Sí.
A las ocho en punto, Julián volvió a llamar.
—¿Ves el bote de basura verde en el centro de la plaza? Deja el dinero al lado y te vas.
La voz de Sania se quebró de puro nervio.
—Ya te doy el dinero, ¿y mi esposo? ¿Y si no lo sueltas?
—¡Quiero oír su voz!
—Uf, qué lata. —Julián maldijo y le dio una patada a Evaldo.
Después de dos días sin comer, Evaldo estaba débil; los labios se le veían pálidos.
Julián puso el altavoz.
—Tu esposa te anda buscando, cree que ya te moriste. Di algo.
A Evaldo se le movió apenas la ceja, y lo que dijo fue:
—Amor… tú no sabes manejar, y tampoco sabes nadar. No vengas por mí. Cuídate tú.
Julián, fastidiado, volvió a patearlo.
—¡Te dije que hablaras, no que dijeras esas tonterías!
—Ya lo oíste. ¿Contenta? ¡Ahora sí, ve a dejar el rescate!
—¡No lo toques! —Sania sintió que el corazón se le partía al oír su gemido—. Ya te doy el dinero. ¿Cuándo lo sueltas?
Julián ya no quiso discutir.
—A su hora lo suelto.
Y colgó.

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