Ella sabía que Yuria quería escucharla llamarla una última vez “mamá”.
Solo que, cuando Sania dudó y en el instante en que sus labios se movieron, el monitor cardíaco marcó una línea recta.
—Mamá…
Ese “mamá”, al final, Yuria no lo alcanzó a oír antes de irse.
A Sania se le aflojaron las piernas; por suerte, Evaldo la sostuvo firme del hombro.
—Sani, estás embarazada… tenemos que ser fuertes.
Brenda soltó un suspiro.
—Al menos no quedó pendiente… la acompañaste hasta el final. Sani, no te me derrumbes, cuídate.
¿Quedó pendiente algo?
Sania se lo preguntó por dentro y sintió que, tal vez, ya no.
Todavía recordaba que, cuando tenía cinco años, agarró el celular viejo de su abuelo y, torpe, aprendió a mandar su primer mensaje. Se lo mandó a Yuria.
“Mamá, ¿hoy vas a venir a verme?”
Pero ese mensaje, como tantos otros, se perdió en el vacío.
Antes no entendía por qué su mamá no le respondía. Después supo que no era que no respondiera… era que ya no iba a volver.
Ellos se quedaron detenidos en ese último instante decente, sin regresar jamás a lo de antes.
—
El funeral de Yuria lo llevó Evaldo de principio a fin.
Sania fue a la sala velatoria, pero al final, por estar embarazada y por miedo a que su cuerpo no aguantara, Evaldo y Sandro la convencieron de volver a casa.
Ni siquiera su abuela quería que se quedara tanto rato; así que quien terminó velando fue Evaldo.
Evaldo mandó a avisar a la familia Talco.
De principio a fin, nadie de la familia Talco apareció a despedirla.
Se podía decir que Yuria se fue de una manera triste. Pero Evaldo hizo lo posible por que todo quedara bien.
El día que la llevaron al cementerio, Sania rezó con seriedad, con el corazón en la mano. En silencio, murmuró: que descanses en paz.

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