Beatriz Zamora barrió a Julia con la mirada de arriba a abajo y dijo con desprecio:
—Solo logró entrar en la familia Zamora porque tú estabas en el extranjero cuando el abuelo de German se enfermó. De lo contrario, ella jamás habría tenido la oportunidad. Eres demasiado ingenua, dejando que esa impostora te robe tu lugar y todavía tratándola bien.
Sofía miró a Julia disimuladamente y luego bajó la cabeza, aparentando vergüenza.
—No diga esas cosas, tía.
Julia observó sin ninguna expresión a las dos mujeres que actuaban perfectamente sincronizadas frente a ella.
Beatriz siempre la había detestado desde el primer día que pisó la casa Zamora, y su odio hacia ella se había intensificado aún más después de aquel incidente donde su pequeño nieto se cayó. Siempre que se veían, buscaba a alguien más para burlarse de ella. Después de tantos años, Julia ya estaba acostumbrada.
Julia asintió con educación, sin ninguna intención de seguir conversando con ellas, pero justo cuando iba a dar la vuelta, la otra mujer la detuvo.
—¿Qué pasa? ¿Ahora ni siquiera saludas a tus mayores? ¿Crees que porque German te protege puedes hacer lo que te dé la gana?
Julia detuvo su andar. Por la forma en que actuaban, era evidente que aún no sabían nada sobre su inminente divorcio con German Zamora. Y si German no se los había mencionado, ella no tenía por qué abrir la boca.
Si la noticia se esparcía y algo arruinaba los trámites del divorcio, todo su esfuerzo habría sido en vano.
Si lo único que quería era un simple saludo, se lo daría. Solo eran unas cuantas palabras, no se iba a morir por decirlas.
Pensando que era mejor evitar conflictos innecesarios, le hizo un gesto con la cabeza a Beatriz.
—Buenas tardes, Tía Beatriz.
Al ver que seguía siendo igual de dócil que siempre, soltó una burla ahogada:
—Por supuesto, igual de arrastrada que siempre. Bueno, yo no soy de las que disfrutan amargándole la vida a los demás. Da la casualidad de que voy de compras con Sofía, así que acompáñanos.
Tomó el bolso que Sofía sostenía y se lo extendió a Julia.
Lo hizo con tal actitud que parecía que acompañarla a ir de compras era el mayor honor del mundo.
Julia bajó la mirada hacia el bolso que colgaba en el aire y luego la miró a los ojos, respondiendo con total calma:

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