German Zamora levantó la vista para mirarla y respondió con tono indiferente:
—¿No se justificó ya? ¿No te dijo que estaba ocupada?
Beatriz Zamora frunció el ceño, claramente insatisfecha con su actitud.
—German, tú no eras así antes.
—¿Ah sí? ¿Y cómo era yo antes?
Beatriz se sentó frente a él, con el rostro tenso.
—Antes, ya fuera para recogerme las pelotas de golf o cargarme las bolsas cuando iba de compras, siempre le ordenabas que me acompañara. Aunque a ella no le gustara, la obligabas a tener buenos modales. ¿Qué te pasa ahora? ¿Ni siquiera vas a decir una palabra para defenderme?
Al escuchar sus palabras, la mirada de German se detuvo un instante y sus dedos rozaron suavemente el borde de su taza de té.
Bajó la cabeza, tomó un sorbo de té y preguntó:
—¿No tenías a Sofía acompañándote de compras? ¿Por qué tenías que causarle problemas a ella?
—¿Causarle problemas?
Beatriz casi no podía creer lo que escuchaba.
—¿Estás diciendo que yo le causé problemas? Ella es una muchacha y ni siquiera sabe cómo saludar a sus mayores como se debe. Yo le hago el favor de invitarla y ella me rechaza con mala cara. ¿Y ahora resulta que yo soy la que le causa problemas?
Al verla hablar sin parar, German respiró hondo.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿Que la arrastre hasta aquí para que te pida disculpas?
—¿Acaso he dicho que quiero una disculpa? Simplemente no tolero esa actitud suya de creerse superior a los demás.
German le contestó:
—Sé muy bien cómo trata ella a las personas. No tienes que exagerar las cosas.
—¿Yo? ¿Exagerando?


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