—Él me confrontó y sacó todo a la luz. Me dijo con voz firme y severa que nosotros nunca podríamos estar juntos.
—Me dijo que yo tenía una mente oscura, un carácter extremo. Que algún día terminaría lastimándote y que jamás permitiría que me quedara a tu lado.
Adrián la miró con los ojos enrojecidos y húmedos, inyectados en sangre.
—Antes me amaba como a su propio hijo, pero a partir de ese día se distanció por completo. Me trató con frialdad y me arrebató todo su cariño.
—Me ordenó que me alejara de ti. Incluso me exigió que me fuera de la casa.
Una sonrisa amarga apareció en el rostro del hombre, revelando una vulnerabilidad que no había mostrado ni siquiera frente a Hugo Ruvira.
—Él me crio con sus propias manos. Yo dependía de él, lo respetaba. Su hogar era el único hogar que yo conocía.
—No lo entendía. Solo estaba enamorado de ti, solo quería acompañarte. ¿Qué tenía eso de malo?
—No podía aceptar ese rechazo. No soportaba que el hombre que me dio calor humano y una segunda oportunidad de vida, me expulsara de repente de mi hogar.
El viento marino rugía, alborotando el cabello de ambos.
Julia lo miraba. Sentía un nudo asfixiante en el pecho, pero su rostro se mantuvo frío y distante.
—Después, él vio las noticias sobre la familia Ruvira y los contactó en secreto para hacer una prueba de paternidad.
—Aprovechando que estabas en un campamento de verano, intentó engañarme para llevarme al aeropuerto. Tuvimos una fuerte discusión en el camino.
A Julia se le heló la sangre. —¿Y entonces ocurrió el accidente?
Adrián temblaba de impotencia. —Para cuando desperté, ya estaba en la mansión de los Ruvira.
—Había regresado a ese infierno que me aterrorizaba y me quitaba el aire.
—Todos me pisoteaban, me humillaban, conspiraban contra mí. Volví a ser ese chico solitario, sin nada y sin nadie que lo protegiera.
Levantó la vista y miró a Julia fijamente. En sus ojos brillaba una mezcla aterradora de contradicción y obsesión.
—Lo amo y lo odio al mismo tiempo.
—Lo amo por haberme criado y por habérmelo dado todo.


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