A la mañana siguiente, Cristián Casas llegó a la oficina para informarle a German sobre la muerte de Gisela Rojas.
—Hice las averiguaciones correspondientes. Los mecánicos inspeccionaron los frenos del camión mezclador de cemento y no encontraron indicios de sabotaje. Además, los videos de las cámaras de seguridad en la carretera confirman que se trató de un trágico accidente.
—Sin embargo...
Cristián hizo una pausa y luego añadió con seriedad:
—Había otro vehículo presente en la escena del accidente. Es muy probable que la conductora haya presenciado todo lo ocurrido.
—Fue Sofía Santana. Ella estaba en el lugar exacto en ese momento.
¿Sofía?
—Entendido.
German se acercó al inmenso ventanal de su oficina, con una mirada profunda y calculadora.
Supuso que Sofía había ido a buscar a Gisela para tantear el terreno y averiguar si la había delatado.
Pero, ¿su presencia allí significaba que ella tenía algo que ver con el fatal accidente de Gisela?
¿O tal vez había un tercer jugador moviendo los hilos en las sombras?
Había planeado enviar a Gisela a otra ciudad para protegerla, pero nunca imaginó que alguien estuviera dispuesto a llegar al extremo de asesinarla, y mucho menos montando un espectáculo tan dantesco.
¿Era un simple acto de venganza, o había algún otro motivo oculto?
En su mente, solo un nombre encajaba con ese nivel de crueldad y precisión:
Adrián Silva.
Adrián había estado siguiendo de cerca los pormenores del caso. Conocía su reputación: era un hombre implacable, calculador y despiadado cuando se trataba de proteger a los suyos.
Él era la única persona capaz de orquestar algo así.
¿Pero por qué hacerlo? ¿Solo para vengar a Julia?
—¿Cómo va lo del departamento de lujo que te pedí que prepararas en el centro? —preguntó German, cambiando de tema abruptamente.
—Ya está todo listo, señor —respondió Cristián con presteza.
—Es probable que a Julia le den el alta en los próximos días. Asegúrate de que todo esté en perfectas condiciones y provisto con todo lo necesario, para que pueda mudarse cómodamente cuando salga del hospital.
—Como ordene, señor.
***
En los últimos días, el doctor Rafael Perea había estado asistiendo personalmente a Julia con sus ejercicios de rehabilitación. Gracias a sus esfuerzos, ya podía levantarse de la cama y caminar un poco.
—Vas por muy buen camino. Te estás recuperando a un ritmo excelente, considerando todo. Menos mal que el impacto no te causó lesiones más graves.
Al ver que la sesión había durado lo suficiente, Rafael le indicó que descansara.
—La rehabilitación requiere paciencia, no podemos apresurarnos. Lo mejor es avanzar paso a paso. Según mi evaluación, en una semana más podrás irte a casa.
Julia asintió con gratitud.
—Muchas gracias por todo, doctor Perea.
—Es mi deber, no tienes nada que agradecer.


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