—Amiga, Gisela Rojas está muerta.
—¿Qué?
En la habitación del hospital, Julia Silva estaba revisando los pedidos de su estudio cuando Diana Estévez entró por la puerta.
—Así es. Tuvo un accidente el miércoles por la tarde. Iba de camino al reclusorio sur cuando un camión de cemento se quedó sin frenos y la embistió. El auto se incendió en el acto.
Sería mentira decir que Julia no estaba conmocionada. Ella había terminado herida por un accidente, y ahora Gisela había perdido la vida por otro.
«¿Acaso a esto se referían cuando hablaban del karma?»
Julia miró a Diana.
—¿Qué dicen las noticias?
—Que fue un accidente.
Diana le pasó su teléfono, mostrando la noticia publicada.
—Esa mujer tuvo lo que merecía, pero es una lástima que se llevara por delante la vida de tres oficiales inocentes.
Julia deslizó el dedo por la pantalla. Los comentarios no mostraban nada inusual; la mayoría lamentaba la pérdida de los policías.
—El abogado Cortés dijo que como la acusada murió a mitad del proceso, el caso se cerrará definitivamente.
—En cuanto a los daños, aparte de lo que cubra la aseguradora, el resto se le puede reclamar a los herederos de Gisela. Pero parece que ya no le quedaba familia. Esos patrocinadores que la mantenían le dieron la espalda en cuanto salió a la luz lo de la falsa acusación.
Julia salió de la noticia y le devolvió el teléfono a su amiga.
—No hay nada que hacer. Nadie podía prever que moriría tan de repente. Si el abogado Cortés lo dice, ya es un hecho. Al menos pagó por todo lo que hizo. —Respiró hondo—. Ojalá que en su próxima vida no tenga el alma tan podrida.
—¡Ah, cierto! —Diana recordó algo de pronto y sacó una llave de su bolso—. Me encontré al asistente de German en la planta baja y me pidió que te entregara esto.
Julia miró la llave en su palma.
—Dijo que aquel apartamento en Río Claro ya está listo y que puedes mudarte en cuanto te den el alta.

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