«—Jefa, ¿se siente bien?
—Sí, claro. —Julia la hizo pasar y caminó hacia la estufa para servirle un plato de comida en la mesa—. Desayuna un poco, hoy va a ser un día muy largo.
Lucía notó el enrojecimiento anormal en las mejillas de Julia y su voz ronca.
—¿Segura que no está enferma?
—Es solo algo pasajero.
Una simple fiebre no la iba a detener. Así llovieran cuchillos del cielo, hoy llegaría al evento.
—¿Está todo listo?
Lucía asintió:
—Sí, revisé todo y no falta absolutamente nada.
La noche anterior, Julia había luchado contra el malestar para dejar los materiales en orden y darle instrucciones claras a su asistente.
Lucía revolvía lentamente la comida, todavía preocupada.
—¿De verdad está bien? Se siente muy caliente...
Julia se sorbió la nariz, su voz sonaba congestionada.
—Estoy bien, sé cuáles son mis límites.
Como era imposible hacerla cambiar de opinión, Lucía decidió guardar silencio.
Julia se cambió de ropa, se aplicó un maquillaje ligero para ocultar la palidez de su rostro y salió con los diseños en mano.
La semifinal tendría lugar en el recinto oficial de la asociación de diseñadores de modas.
En esta etapa, los competidores debían presentar los diseños bocetados en la fase previa, ya elaborados en prendas reales que serían exhibidas por modelos. Los diseñadores también tendrían que explicar el concepto detrás de su obra.
Cuando llegaron, los camerinos tras bambalinas eran un torbellino de actividad.
Las modelos se estaban cambiando, y los coordinadores corrían de un lado a otro comprobando el orden de aparición.
Sara, la encargada más veterana del taller, ya estaba allí. Al verlas llegar, se acercó de inmediato.
—¿Cómo va todo? —preguntó Julia.

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