—No, no te gusta que diga eso.
—Lo que quiero decir es que, mientras aceptes no divorciarte, haré lo que me pidas.
—Candela, yo...
—Creo que ya no puedo estar sin ti...
Un viento helado cruzó el lugar y Benjamín sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Soltó una risa incómoda y, al mirar a Zaira parada afuera de la ventana, su cara parecía más amarga que una calabaza agria.
—Señorita, Fidel está borracho y diciendo puras tonterías. Se le fue la cabeza, no le hagas caso...
Zaira ya no podía mantener la compostura. Apenas logró forzar una sonrisa.
—No te preocupes, mejor cuida a Fidel.
Sin esperar respuesta, Zaira se dio la vuelta y se fue.
El viento levantó la falda de Zaira, mientras se alejaba.
Benjamín la vio alejarse y soltó un suspiro tan profundo que parecía que se le escapaba el alma.
A su lado, Fidel seguía repitiendo sin cesar, suplicando que Candela le diera otra oportunidad.
Benjamín se masajeó el entrecejo, sintiéndose un poco perdido.
En el fondo, sabía que había hecho algo que Fidel nunca podría descubrir.
El chofer, desde el asiento delantero, miró por el retrovisor.
Ya sabía que su patrón era poco confiable, ¡pero nunca pensó que tanto!
—Señor Benjamín... ¿A dónde vamos ahora?
En ese momento, Benjamín quería darse una cachetada.
—¿A dónde más? ¡Vamos con la otra “señorita”!
Echó una mirada al Fidel completamente inconsciente a su lado y murmuró por lo bajo:
—¡No puedes culparme! ¡La culpa es tuya por no decirme bien cuál “señorita” era!
Por mucho que se quejara, Benjamín no se atrevía a decir nada en voz alta para no despertar a Fidel.
Si Fidel llegaba a enterarse de la tontería que había hecho...

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