Y esos detalles, todos, acabarían sirviendo como pruebas que confirmarían las sospechas que llevaba tiempo albergando en lo más hondo de su corazón.
Candela no se atrevía a pensar demasiado en ello.
En realidad, no creía que Zaira fuera hija de la profesora Verónica, pero sí sospechaba que quizá tenían algún parentesco.
Sin embargo, en cualquier universidad, tanto dentro como fuera del país, estaba completamente prohibido que un director de tesis tuviera alguna relación familiar con su estudiante de doctorado.
Si su corazonada resultaba cierta y algún día alguien más lo descubría, la reputación académica de la profesora Verónica quedaría destruida para siempre.
Al pensar en eso, Candela se convenció: tenía que abrirle los ojos a la maestra Verónica, dejarle ver el verdadero rostro de Zaira, y lograr que se alejara de ella.
El pabellón estaba cada vez más lleno de visitantes. Muchos aficionados a la cerámica pronto se fijaron en Candela.
Pero ninguno de ellos sabía lo que pasaba en realidad, ni tenía idea de la verdadera capacidad profesional de Candela.
Preferían creer lo que circulaba en internet, y poco a poco empezaron a señalarla y a murmurar entre ellos.
Incluso alguien sacó su celular para grabarla a escondidas.
Zaira se dio cuenta de la situación.
Desde lejos la observaba, y una idea se le fue formando en la cabeza.
En vez de vivir con el temor de que Candela perdiera la cabeza y soltara cualquier cosa inconveniente frente a todos, era mejor empujarla al límite, forzar una confrontación y que Candela terminara perdiendo el control en público.
Así, aunque intentara justificarse, nadie le creería.
Zaira se despidió con una sonrisa de las personas a su alrededor y caminó directamente hacia Candela.
Candela la observó acercarse. Justo en el instante en que sus miradas se cruzaron, el bullicio del entorno pareció apagarse, como si todo desapareciera.
Candela, al ver la expresión de Zaira, pudo intuir perfectamente lo que tenía planeado.
Echó una mirada rápida alrededor: varias personas ya la señalaban mientras cuchicheaban. No hizo falta oír sus palabras para saber que hablaban pestes de ella.

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