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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 229

—Señora, el señor está tan borracho que apenas se tiene en pie. Voy a preparar una sopa para el malestar. ¿Por qué no lo ayuda a ir a la recámara?

Al terminar, la empleada se fue a la cocina.

Candela observó al hombre tirado en el sillón. Bastaba mirarlo para darse cuenta de que apenas y podía sostenerse; la borrachera lo tenía vencido.

Recordó lo que había pasado hace un rato: Fidel, por increíble que pareciera, había golpeado a Benjamín, todo por defenderla. Candela no pudo evitar que le diera risa.

Ese hombre parecía olvidarlo todo.

Si sus amigos la despreciaban, era porque él, su propio esposo, nunca la había valorado frente a los demás. Ahora que intentaba protegerla, ¿no era demasiado tarde?

Fidel, tirado en el sillón, presionaba su estómago, mostrando una expresión de dolor.

Siempre había tenido problemas de estómago, todo por las fiestas y reuniones que vinieron con la llegada de Grupo Arroyo a sus manos. En ese entonces, Candela lo esperaba todas las noches, sin importar la hora que fuera.

Si sabía que él tenía compromisos, le preparaba una sopa para la cruda y un tazón de avena para proteger su estómago. Así pasaron cinco años.

Después de tanto esfuerzo, lo único que recibió fue a un Fidel cada vez más ausente, cada vez más indiferente y distante.

Y justo ahora, cuando ella por fin se atrevía a marcharse, ese hombre, borracho, le decía que no podía vivir sin ella.

¿Había algo más absurdo que eso?

Candela no se dignó a mirarlo de nuevo.

Se dio la vuelta y lo dejó atrás, decidido a no cargar con él ni un instante más.

Aun así, él murmuraba entre sueños:

—Candela, no te vayas…

Fidel no solo era el presidente de Grupo Arroyo, también era el dueño de Residencias Monarca. Incluso borracho, no le faltaban personas que lo cuidaran. Ya no pensaba volver a entregarse en cuerpo y alma, a estar pendiente de cada mínimo detalle, solo para él.

Pero justo cuando Candela estaba por dar el primer paso, una mano la sujetó de la muñeca.

Sin mucho esfuerzo, Fidel la jaló y ella terminó cayendo en sus brazos, sintiendo el calor febril de su cuerpo.

—Candela… no quiero… que te vayas… no quiero separarme de ti…

La fuerza de una mujer, por supuesto, no se podía comparar con la de un hombre, y mucho menos con la de uno ebrio y fuera de sí.

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