—Fidel, haz un esfuerzo, te llevo a casa —le insistió Benjamín, sujetándolo con fuerza.
Fidel ya había tomado demasiado. Tropezó dos veces y terminó casi desplomándose sobre Benjamín.
—¡No quiero regresar! —balbuceó Fidel, con la voz ronca y los ojos perdidos—. Ella me odia, no quiere verme... No soporto cómo me mira... No quiero... que me odie...
Se le quebró la voz, y sus palabras salieron arrastradas, como si cada una pesara una tonelada.
—No quiero... divorciarme de ella...
Al escuchar esto, a Benjamín se le hizo un nudo en la garganta. Fidel, ese tipo que siempre parecía hecho de piedra, ahora se desmoronaba por completo por culpa de su cuñada.
—Dices que no quieres divorciarte, ¡¿y entonces por qué no hiciste algo antes?! —le reclamó Benjamín, ya sin saber ni cómo ayudarlo—. Cuando ella te dijo que quería el divorcio, ¡debiste rogarle que se quedara contigo! ¡Te hiciste el fuerte y ahora te arrepientes!
Pero Fidel ya no estaba en condiciones de entender nada. Su mente era un torbellino de alcohol y tristeza. Se dejó caer sobre Benjamín, como si ya no le importara nada más.
—Sí, debí retenerla. No debí dejarla ir... Tengo que buscarla... suplicarle que no se vaya... Lo que quiera, se lo doy... sólo... que no me deje...
Benjamín soltó un suspiro resignado. Ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo. Llamó al chofer y, entre los dos, lograron subir a Fidel al carro, no sin dificultad.
—¡Uf! —exhaló Benjamín cuando por fin se sentó en el asiento trasero, agotado.
Desde el frente, el chofer preguntó:
—Señor Benjamín, ¿a dónde vamos?
Benjamín sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente, dudando. ¿A dónde podían ir ahora? Recordó lo que Fidel había dicho, medio borracho, que quería buscar a su cuñada.
Miró de reojo al hombre desplomado a su lado, tan derrotado. Hasta él, que no era de lágrimas fáciles, sintió pena de verdad. Si su cuñada viera a Fidel así, seguro que su corazón se ablandaba. Tal vez entonces podrían arreglarse, pensó Benjamín. Por un instante, se sintió el hermano más sensato del mundo.

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