—Señora, ya despertó. Aquí están las prendas que va a usar hoy, escoja la que prefiera. Yo iré a preparar la mesa de maquillaje.
Una de las trabajadoras se acercó a Candela, le dijo eso con voz suave y enseguida se alejó para seguir con sus tareas.
Solo entonces Candela recordó lo que Fidel había mencionado: hoy grabarían el video promocional para la empresa.
Vaya ironía.
Después del desastre de anoche, ahora les tocaba pararse frente a las cámaras y fingir que eran la pareja perfecta, como si nada hubiera pasado.
Fidel ya estaba a su lado.
Sin dudar, le tomó la mano con naturalidad.
—Hoy te tocará esforzarte, acompáñame a desayunar primero.
Mientras hablaba, la guio hacia el comedor.
La cámara los seguía de cerca. Uno de los empleados les explicó que el área de relaciones públicas quería proyectar a Fidel como un tipo sencillo, por eso harían una transmisión en vivo mostrando su vida cotidiana, así llamarían la atención y generarían tendencia.
La transmisión ya había comenzado.
Fidel apretó con fuerza la mano de Candela, como si temiera que escapara o que se negara a colaborar con la farsa.
Candela bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y no pudo evitar pensar lo absurdo de toda la situación.
En la mesa, Fidel le acomodó la silla con toda la cortesía del mundo y ambos se sentaron uno frente al otro.
Una de las empleadas sirvió el desayuno.
—Toma, empieza con un poco de avena.
Fidel le sirvió a Candela un tazón de avena caliente. Los empleados de la producción no pudieron evitar comentar entre murmullos:
—¡El señor Fidel es tan atento! Señora Arroyo, usted sí que es afortunada.
Fidel la miró directo a los ojos, con esa expresión profunda que siempre lo rodeaba.
—La verdad, el afortunado soy yo.
—¡Ay, qué romántico! —exclamó otra empleada, soltando una risita nerviosa—. ¡Esto sí es amor del bueno!
—Señora Arroyo, ¿no le pasa que después de ver todos los días la cara de Fidel ya hasta se vuelve inmune? Cuando termine esta transmisión, va a ser la envidia de todas las mujeres —bromeó otra mientras se escuchaban risas apagadas.
Candela sonrió apenas.
—En realidad, no lo veo tan seguido. Si lo piensa, él ama más...
Se detuvo un segundo, notando cómo Fidel fruncía el ceño apenas, preocupado por lo que pudiera soltar al aire.

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