Fidel observaba a la mujer que tenía frente a él.
Ya no era la misma de siempre, ya no se veía tranquila ni elegante. Ahora parecía una mujer fuera de sí, incluso se atrevía a empujarlo y gritarle como si estuviera al borde de un ataque.
Sin embargo, en vez de sentir rechazo, lo único que le provocaba era una punzada de dolor en el pecho. No podía evitar pensar que ella no debería estar así, que no merecía haberse convertido en una persona tan rota.
Y lo peor era que todo esto había sido culpa suya.
Ese pensamiento lo atravesó como una espina, invisible pero imposible de ignorar. Sabía bien que esa herida no sanaría tan fácil.
Por fin, soltó su mano. Observó a la mujer que lloraba y pataleaba frente a él, notando cómo la garganta se le apretaba por la emoción.
Pasaron varios segundos antes de que pudiera volver a hablar.
—Esa noche… no fue que no quise contestar tus llamadas. Y lo de Zaira… no es lo que piensas.
No voy a volver con ella, tampoco planeo divorciarme de ti.
Nosotros…
—¡Ya basta!
Candela lo interrumpió de golpe.
—No quiero escuchar nada de eso. No quiero saber nada de ti y Zaira, ¿me entiendes?
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Luego lo miró de frente, erguida y decidida.
—No vuelvas a decir que no vas a divorciarte de mí. Lo único que me mantiene aquí es tu promesa: dijiste que si te ayudaba con la reestructuración del grupo, te divorciarías después.
Si piensas echarte para atrás, Fidel, te juro que no te la voy a perdonar.
Dicho esto, Candela se dio la vuelta y se fue sin mirar atrás.
Aquel momento de furia la había dejado vacía, sentía que el alma se le había ido en el arranque de rabia. Al caminar, los tacones casi la traicionan y estuvo a punto de irse de bruces.
Fidel quiso alcanzarla para sostenerla, pero ella lo empujó con fuerza, apartándolo.
—¡Vete!
Le gritó con todas sus fuerzas mientras avanzaba, tambaleante, hacia ese enorme encierro que la había tenido atrapada cinco años.
¿Cuándo terminaría por fin esa pesadilla?
Fidel la miró alejarse, sintiendo como si algo le desgarrara el corazón.
Nunca había imaginado llegar a este extremo con Candela.
Siempre pensó que, mientras siguieran casados y le diera lo que ella quería, tarde o temprano, ella volvería a amarlo como antes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Hija Llama Mamá a Otra