—¡Apenas tienes treinta años! Señorita, a los treinta y uno las mujeres florecen, ¡estás en la mejor etapa de tu vida!
—No deberías decir “ustedes los jóvenes”, deberías decir “nosotros los jóvenes”.
Candela no pudo evitar reírse por el comentario de Claudio.
Era la primera vez en toda la noche que Claudio veía a Candela sonreír. En ese instante, sintió cómo una roca que llevaba en el pecho se agitaba más fuerte, causando oleadas en su interior.
—Ya llegué, gracias por todo hoy —dijo Candela mientras se quitaba el cinturón de seguridad.
Claudio bajó del carro junto con ella, dispuesto a devolverle las llaves.
—Por aquí es difícil conseguir carro por las noches, mejor llévatelo tú. Mañana le pido al chofer que pase por él —sugirió Candela.
Claudio sacó su celular.
—Entonces, pásame tu contacto.
Candela estaba a punto de mostrarle el código QR en la pantalla de su celular, cuando una luz intensa los deslumbró: era una camioneta plateada que acababa de encender las luces.
Solo entonces Candela se dio cuenta de que había otro carro estacionado junto al camino.
Fidel bajó de la camioneta y caminó hacia ellos.
—¿Por qué regresaste? —preguntó Candela, sorprendida.
Fidel lanzó una mirada de arriba abajo a Claudio, con ese aire de superioridad que solo tienen algunos.
Se acercó a Candela y le rodeó la cintura con el brazo, como marcando territorio.
—La señora que trabaja en casa me dijo que aún no habías regresado y me preocupé.
—¿Él es el que te trajo? —preguntó, señalando a Claudio.
Sin esperar respuesta, Fidel sacó la billetera, tomó unos billetes y se los extendió a Claudio.
Claudio miró el dinero y entendió perfectamente: ese hombre quería humillarlo.
Claudio, por supuesto, no pensaba aceptar ni un peso.

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