Cuando Candela llegó, Antonia estaba ocupada, dando vueltas de un lado a otro. Apenas la vio, Antonia ni se molestó en saludar con cortesía, y enseguida la mandó a la segunda planta.
—Ve a echarle un ojo a los trabajadores de arriba. Tú sabes mucho sobre cómo acomodar cosas elegantes, ayúdame a revisar que todo quede bien.
Así, Candela terminó de supervisora, y no paró hasta que cayó la noche.
Por suerte, estar tan ocupada la ayudó a dejar de pensar en sus penas y nostalgias.
Ya cuando todas las pinturas estuvieron en el lugar correcto, Antonia y Candela revisaron una última vez cada rincón, y por fin dieron por terminado el trabajo.
—Vámonos, que para agradecerte, te invito unos tragos.
Candela tampoco tenía ganas de regresar a las Residencias Monarca, así que aceptó sin dudar y salió con Antonia rumbo a un bar.
El lugar quedaba en un callejón poco llamativo, al final del cual una enorme pared lucía un grafiti iluminado por luces azules.
—Vamos, la verdad es que el dueño de aquí es un maestro para preparar tragos.
Antonia le guiñó un ojo.
—Y además, todas las pinturas de hoy las hizo este hombre.
Atravesaron una vieja puerta de hierro con relieves y bajaron unas escaleras. Lo primero que vio Candela fue un cuadro impactante: una persona de facciones retorcidas, atrapada por unos tentáculos extraños, y levantando un cuchillo para cortarse la otra mano, que estaba amarrada.
Dentro, el ambiente era tranquilo. Unos cuantos clientes platicaban en voz baja, y en el pequeño escenario un hombre de camisa blanca cantaba una balada: “No es tan sencillo”. Su voz era suave, de esas que te relajan el pecho y te hacen olvidar el día.
Antonia y Candela se sentaron en la barra. El bartender, al verlas, saludó con una sonrisa.
—¡Antonia!
—Hoy sí anda de buenas tu jefe, ¿eh? Hasta se animó a cantar —comentó el bartender.
Antonia se giró hacia Candela y le indicó con la cabeza:
—Ese es el dueño del lugar, del que te hablé.
Curiosa, Candela volvió a mirar al escenario. Antes solo le había echado un vistazo, pero ahora que lo observaba bien, notó que el hombre tenía rasgos delicados y una expresión tranquila. Mientras cantaba, se notaba tranquilo, casi inocente, nada que ver con el estilo intenso de las pinturas de la entrada.
Cuando terminó la canción, el hombre se dirigió hacia la barra.
—¿Lo de siempre?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Hija Llama Mamá a Otra