La puerta interna de la habitación del hospital se abrió en ese momento, y Zaira salió empujando el soporte del suero.
Fidel se levantó y caminó hasta ella.
—¿Por qué saliste? El doctor dijo que tenías que descansar.
Zaira, con una sonrisa en los labios, negó que fuera nada grave, pero su cuerpo se apoyó levemente en Fidel. Para los demás, parecía que se acurrucaba en sus brazos.
Mireia, casi sin darse cuenta, dirigió la mirada hacia Candela y sintió un impulso de ponerse del lado de la “señora Arroyo”.
Fidel ayudó a Zaira a sentarse en el sofá.
Candela y Mireia se quedaron paradas justo enfrente de ellos.
La situación se volvía tensa…
Mireia miró con compasión a la “señora Arroyo” que tenía al lado.
Zaira notó el plan de proyecto sobre la mesa y extendió la mano para tomarlo, pero Candela fue más rápida y guardó el documento.
La mano de Zaira quedó suspendida en el aire, y la escena resultó un poco incómoda.
—¿Esto lo preparaste tú, señorita Candela? Perdón, no era mi intención mirar.
Dicho esto, volvió la vista hacia el hombre a su lado.
—Fidel, ¿acaso estoy interrumpiendo algo entre tú y la señorita Candela?
Por dentro, Mireia puso los ojos en blanco.
A veces se preguntaba si los hombres eran incapaces de detectar a mujeres tan falsas como esta.
Antes de que Fidel pudiera responder, Zaira continuó hablando.
—Señorita Candela, no le reclames nada a Fidel. Yo fui quien le rogó que se quedara conmigo. No quiero estar sola en el hospital. En Ciudad Solsticio, Fidel es el único amigo que tengo, así que no me queda más que pedirle ayuda.
Candela guardó el plan de proyecto en su bolso. Al escuchar a Zaira, una chispa de ironía cruzó por su mirada.
—Sí, quedarse sola en el hospital no es nada fácil.
Fidel sintió que esas palabras le apretaban el corazón con fuerza.
Levantó la cabeza y miró a la mujer frente a él.
Candela no se veía enojada ni dolida, simplemente estaba de pie, tranquila, con la mirada apagada y sin brillo.

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