—Señorita Mireia, cuánto tiempo sin vernos.
Mireia le respondió con una sonrisa cordial.
—Señora Arroyo, sí que ha pasado tiempo.
Mireia invitó a Candela a pasar a la sala de visitas y le sirvió una bebida caliente.
—Señora Arroyo, por favor, tome esta bebida.
—Gracias.
Candela sacó la carpeta que ya tenía lista desde antes: el plan del proyecto.
—Señor Fidel, este es el plan de proyecto que preparó nuestro instituto. El profesor Marcos encabeza este proyecto, que...
—¿Ya desayunaste?
Fidel la interrumpió de pronto, sin apartar la mirada.
Candela no respondió a esa pregunta. En cambio, extendió el plan de proyecto y lo puso frente a Fidel con firmeza.
—Señor Fidel, este proyecto del profesor Marcos necesita cooperación con el Museo Nacional de Cerámica. Si logramos completarlo, la base de datos...
Al ver la seriedad de Candela, Fidel no pudo evitar adoptar su actitud de trabajo. Tomó el plan y comenzó a hojearlo, escuchando la explicación de Candela sobre la importancia del proyecto.
Había invertido en incontables proyectos antes, había conocido a coordinadores brillantes y también a quienes dejaban mucho que desear.
Candela, sin lugar a dudas, era impecable desde cualquier perspectiva.
Era la primera vez que trabajaban juntos oficialmente.
En la última exposición de Nueva Arcadia, Fidel ya había notado la capacidad de Candela, pero ahora, frente a ella en el ámbito profesional, su determinación resultaba aún más evidente.
Fidel levantó la vista y, por un instante, se quedó absorto.
Antes, él solo pensaba en su esposa como una mujer dulce y encantadora, digna de llevar el apellido Arroyo.
Apenas ahora comprendía que su “Señora Arroyo”, con el cabello recogido y esa seguridad en la mirada, también podía deslumbrar en el mundo laboral.

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