Candela se dirigió al estacionamiento.
—Fui a ver a una amiga, ¿qué pasa? —preguntó, contestando el teléfono.
Del otro lado, Liliana estaba cuidando a Daya.
—Nada grave, tranquila. Pero si andas por ahí, aprovecha para comprarle algo de ropa a Daya. Esta niña llegó a Nueva Arcadia sin traer ni una sola maleta.
Candela arrugó la frente.
—¿Y Fidel? —preguntó con cierta pesadez.
—Quién sabe —respondió Liliana, resignada—. Los empleados dicen que lo vieron en el jardín en la mañana, pero después desapareció.
Candela levantó la mirada justo cuando pasaba frente a una tienda de ropa infantil. Dudó unos segundos, pero terminó cediendo.
—Está bien, iré a ver qué encuentro en el centro comercial.
Colgó y entró en la tienda.
Siempre había sido ella quien elegía la ropa de Daya, conocía perfectamente sus tallas y gustos. Así que seleccionó varias prendas y se acercó a la caja para pagar.
Justo al lado del área de pago, estaba la sección de recién nacidos.
Sin darse cuenta, Candela terminó allí, rodeada de diminutos conjuntos y prendas suaves. Tomó entre sus manos un mameluco blanco de algodón.
Una empleada se le acercó con una sonrisa.
—Señorita, ¿le puedo ayudar en algo?
Al ver que Candela no respondía, la empleada insistió con entusiasmo.
—La prenda que tiene en la mano es de nuestra nueva colección, está confeccionada con algodón puro y una tecnología especial, se siente tan delicada como la piel de un bebé. Es como si envolviera a los niños en una nube. ¿De cuántos meses es su hijo? Además de ese color, tenemos otros modelos.
Otra dependienta se les unió, tratando de convencerla.
Candela sujetó el pequeño mameluco, pero por dentro sentía cómo se le helaba el corazón. Interrumpió a la vendedora con voz baja.
—No, gracias.

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