Zaira miraba fijamente el pedazo de cerámica en sus manos, con la cabeza gacha y sin pronunciar palabra.
Pasó un largo rato antes de que volviera a hablar; su voz ya sonaba áspera y quebrada.
Cualquier persona que la viera en ese estado, sobre todo un hombre, sentiría un nudo en la garganta.
Zaira levantó la mirada, y ya se le notaban los ojos enrojecidos.
Forzó una sonrisa, pero resultaba más triste que si hubiera llorado.
—No tenía idea de que tú y tu esposa tuvieran una relación tan profunda...
Fidel, dime, si ahora te dijera que me arrepiento… que me duele haberme divorciado de ti… ¿habría alguna posibilidad…?
—¡Zaira! —la interrumpió Fidel, con un gesto serio.
Frunció ligeramente el entrecejo.
Sabía bien que algunas palabras, una vez dichas, nunca se pueden borrar.
Entre él y Zaira, además estaba Daya; era inevitable que siguieran en contacto, así que, aunque tuviera claro lo que sentía, no podía decirlo todo.
Fidel observó a la mujer frente a él.
Tomó su taza de café, dio un sorbo y la dejó cuidadosamente sobre la mesa.
Mientras tanto, las lágrimas de Zaira ya recorrían libremente sus mejillas.
Fidel fingió no notar nada.
Desvió la mirada hacia la caja donde estaban los fragmentos de cerámica y habló:
—Mi esposa es una gran mujer. Antes la lastimé mucho, incluso llegué a hacerle perder un hijo. Ahora, es muy difícil que pueda volver a tener hijos.
Por eso, nunca me separaré de ella.
Hablar del hijo que nunca llegó a conocer era como cargar un bloque de cemento en el pecho de Fidel.
Era la primera vez que mencionaba ese tema.
Era su hijo, su sangre. ¿Cómo no iba a dolerle?
Sintió que la angustia le apretaba el pecho. Sacó un cigarro, lo encendió y aspiró profundo.
El humo denso recorrió sus pulmones, y solo así pudo aplacar un poco ese sabor amargo que lo carcomía por dentro.
Zaira, sorprendida, no daba crédito a lo que oía. Jamás se imaginó que Candela había perdido un hijo.
—¿Cómo pudo pasar algo así? —preguntó con sincera preocupación.
Tomó la mano de Fidel, que descansaba sobre la mesa, intentando consolarlo.
Pero Fidel, sin hacer ningún gesto, apartó la mano con suavidad.
Por un instante, la incomodidad se dibujó en el rostro de Zaira.
Sin embargo, se recompuso de inmediato.

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