Cuando Fidel escuchó la conversación entre Candela y Liliana, por fin entendió: lo que más le importaba a Candela no era Zaira, sino que ella anhelaba una relación auténtica, donde hubiera sentimientos verdaderos.
Pero eso era algo que él no podía ofrecerle.
Tenía muy claro que no amaba a Candela.
Y también sabía que, si quería mantener ese matrimonio, tendría que hacer algo para demostrarle su compromiso.
Para Fidel, Candela era la esposa ideal en todos los sentidos.
Como buen empresario, sabía perfectamente cómo obtener el mayor beneficio con el menor costo.
Divorciarse y volverse a casar no solo afectaría su imagen y la de Grupo Arroyo, sino que además le traería una considerable pérdida económica.
En vez de perder tiempo lidiando con esos problemas, prefería buscar la manera de convencer a Candela de que desistiera de la idea del divorcio.
Al regresar a su habitación, lo primero que vio fue el montón de fragmentos sobre la mesa.
Fidel se sentó frente a la mesa y recogió los pedazos.
Recordó que hacía poco, Zaira lo había buscado.
Si al principio no entendía del todo las intenciones de Zaira, ahora ya le quedaba bastante claro.
Pero entre él y Zaira, no podía haber nada.
Si seguía permitiendo que las cosas continuaran así, lo único que lograría sería que Zaira se enredara aún más, y al final terminarían lastimando la amistad que los unía.
Definitivamente, tenía que buscar el momento oportuno para hablar con Zaira y dejar todo en claro.
Mientras observaba los restos de la cerámica, se le ocurrió una idea.
...
En el Gran Palacio César de Nueva Arcadia.
Cuando Fidel llegó a la cafetería del primer piso, Zaira ya lo estaba esperando.
Se acercó con paso firme y se sentó frente a ella.
Zaira estaba muy satisfecha con el atuendo que había elegido esa noche.
Sabía que a Fidel no le atraían las mujeres demasiado llamativas, así que optó por un vestido blanco sencillo, con un diseño delicado en la cintura que resaltaba su figura esbelta y la hacía lucir encantadora.
Su maquillaje era discreto, y para cualquier hombre, parecía como una flor fresca después de la lluvia.
Después de varios años viviendo en el extranjero, Zaira había aprendido perfectamente cómo adaptarse a los gustos de distintos hombres...
A diferencia de su actitud durante el día, ahora Zaira se mantenía a una distancia prudente, como si de manera consciente hubiera decidido ocupar solo el lugar de una amiga frente a Fidel.
—¿Quieres café? ¿O prefieres un Blue Mountain?

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