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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 185

Candela siempre pensó que, al saber que había vuelto a trabajar y ver sus logros actuales, su madre se sentiría orgullosa de ella.

Pero nunca imaginó que su mamá seguiría con esa expresión de preocupación.

—Candela, de verdad no entiendo cómo es que llegaste a pasarla tan mal.

Su madre tomó su mano con fuerza, como buscando transmitirle valor.

—No te preocupes, yo le voy a contar a tu papá todo lo que has aguantado. Una hija de la familia Salinas no puede dejar que cualquiera la pisotee. Mientras tu papá esté aquí, aunque te divorcies, sigues siendo una princesa de los Salinas. Nos tienes a los dos, a tu papá y a mí.

En silencio, Candela suspiró hondo, sintiendo una mezcla de cansancio y resignación.

Por más que le explicó a su mamá, ella seguía creyendo que, aunque Candela dejara a Fidel, necesitaría el respaldo de su familia.

Pero Candela ya no era esa niña incapaz de valerse por sí misma.

Había entendido, con el tiempo y los golpes de la vida, que solo el poder y su propio esfuerzo jamás la traicionarían.

¿La familia?

Si hasta los matrimonios más cercanos, como el de sus padres, o el suyo con Fidel, solo ocultaban mentiras y cálculos detrás de una fachada de tranquilidad.

Incluso los lazos de sangre, como entre su papá y su hermano, podían romperse por el egoísmo; su padre casi arruinó la vida de su hermano solo por protegerse.

Ahora, lo que necesitaba no era que nadie la cuidara, sino abrirse camino sola, tomando el control de su destino.

Pero su mamá...

Todavía seguía atrapada en la telaraña de mentiras tejida por su papá.

Candela no dijo más.

Sabía que cambiar la forma de pensar de su madre no era cuestión de un día ni de dos.

Por hoy, al menos, ya le había dejado claro que pensaba divorciarse. Lo demás, mejor dejarlo hasta que su mamá pudiera inaugurar el Centro de Arte Mariachi del que tanto hablaba.

...

Zaira salió de la casa de los Salinas y subió al carro que la llevaría al hotel.

Iba mirando el retrovisor, con la esperanza de ver al hombre que tanto le importaba.

Pero Fidel ni siquiera asomó la cabeza para despedirse. Simplemente la dejó ir.

Zaira jamás habría creído que Fidel llegaría a tratarla con tanta indiferencia.

Hace un rato, ella casi le rogó que dejara a Daya quedarse con ella.

Pero Fidel, sin un ápice de piedad, la rechazó de inmediato.

Decía que le preocupaba que Daya la distrajera, o que no tendría la energía suficiente para sus estudios de doctorado.

Zaira sabía perfectamente que todo eso eran excusas.

Desde que Fidel entró al jardín, no apartó la mirada de Candela ni un segundo.

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