A pesar de todo, Zaira seguía con el semblante intacto, como si nada pudiera afectarla.
Jaló a Daya hacia su lado y, con una actitud de lo más natural, soltó:
—Daya dijo que quería darle una sorpresa a su papá, por eso no avisamos antes a Fidel.
Candela también notó la presencia de Daya.
La niña, desde la última vez que la vio, se había adelgazado todavía más, y las ojeras bajo sus ojos se hacían cada vez más profundas.
Al ver a Daya tan decaída, bostezando sin parar, Candela preguntó con indiferencia:
—¿Vinieron toda la noche sin descansar?
Dayana asintió.
Candela comprendió de inmediato. Aquello de que era Daya quien quería ver a su papá era puro pretexto; en realidad, Zaira era la que tenía prisa por ver a Fidel.
¿Y la razón de tanta urgencia? No había duda: la videollamada de anoche lo explicaba todo.
Candela dejó escapar una sonrisa casi imperceptible. Zaira, al final, no podía ocultar su ansiedad.
Liliana, que escuchó que habían viajado toda la noche, miró a Daya con preocupación.
—¡Una niña tan pequeña no debería pasar por estos trotes! Daya, ¿por qué no te vienes conmigo a descansar un rato? Has sudado mucho, mejor come algo, te das un baño y luego te duermes un poco, ¿sí?
Daya miró a Zaira, esperando una respuesta. Pero al ver que su mamá no decía nada, negó con la cabeza.
—No tengo sueño, quiero quedarme con mi mamá.
Liliana, al ver lo cansada que estaba la niña, quiso insistir, pero Candela intervino:
—Mamá, si Daya dice que no tiene sueño, mejor déjala. No nos metamos.
Y dicho esto, Candela se desentendió por completo, como si Zaira y Daya no existieran. Siguió tan tranquila, tomando café y picando algo de pan dulce.
Mientras tanto, Daya...
La noche anterior apenas había probado bocado, y la comida del avión nunca la tocaba. Ahora, con el estómago vacío, observaba los bocadillos sobre la mesa, y su panza empezó a sonar.
Con ojos suplicantes, miró a Candela, esperando que la invitara a sentarse con ellas.
Pero Candela ni siquiera la volteó a ver.

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