Candela frunció el ceño en cuanto escuchó el nombre “señorita Zaira”.
Jamás imaginó que Zaira sería tan descarada como para venir hasta ahí buscando a Fidel.
Si tan solo fuera para molestarla a ella, Candela no le habría dado importancia, pero no quería que su mamá también terminara enojándose por culpa de esa mujer.
Así que le habló a la empleada de la casa:
—Si viene a ver a Fidel, dile que él no está aquí. Que lo busque por su cuenta, si tanto le urge.
Liliana, por su parte, también alcanzó a oír el nombre “señorita Zaira” y le pareció que ya lo había escuchado antes, aunque no lograba recordar dónde.
Detuvo a la empleada y le dijo a su hija:
—¿Fidel no salió a hacer unos pendientes? Si es amiga de Fidel, que pase. No hay por qué dejarla afuera.
Candela estuvo a punto de protestar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Miró a su madre y pensó que tal vez ese era el momento ideal para que ella empezara a aceptar ciertas verdades.
Además, Candela no tenía el menor interés en pelearse con otra mujer por un hombre.
Si Fidel había dejado problemas, que él mismo los arreglara. Sacó su celular y le mandó un mensaje a Fidel.
Justo cuando terminó de escribirle, la empleada ya había regresado, trayendo a varias personas hacia el pequeño jardín.
Liliana de inmediato reconoció a la niña que venía al frente.
Le hizo señas con la mano:
—¡Daya, ven con tu abuela! Hace mucho que no te veo, mi niña.
Daya se acercó y saludó a Liliana con un tímido “abuelita”.
De niña, Daya adoraba a su abuelita. Siempre le había parecido una mujer guapa y su voz tenía un tono musical que la hacía sentir querida.
Sin embargo, todo cambió el día que Daya escuchó a su abuelita pedirle a Candela que tuviera un hijo propio.
En ese instante, comprendió que tanto Candela como Liliana solo le tenían cierto cariño, pero que las cosas serían diferentes si Candela llegaba a tener un hijo. Entonces, ya no la querrían igual.
Desde entonces, Daya fue alejándose poco a poco de Liliana. Ya no era tan cariñosa como antes.
Ese día traía puesta una chamarra gruesa, como las que se usan en Ciudad Solsticio durante el invierno. Pero en esos días, en Nueva Arcadia, el clima se había vuelto cálido, y al mediodía, con el sol pegando fuerte, bastaba con un suéter liviano.
Daya, acalorada, tenía las mejillas encendidas y el sudor perlaba su frente.

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