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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 170

—¿No fuiste tú quien quiso hacer un trato conmigo primero?

Candela lo miró fijamente, sin apartar la vista ni un segundo.

—Yo fui quien propuso el divorcio, y tú hiciste hasta lo imposible para negarte. Decías que éramos la pareja más compatible del mundo, que de ahora en adelante querías hacer las cosas bien conmigo.

Candela tomó aire, sus palabras eran cuchillas afiladas.

—Ahora resulta que, cuando por fin accedo a seguir contigo, cuando acepto que cada quien obtenga lo que quiere, ¿ya no te parece bien?

Se incorporó apenas un poco, la voz le salió más baja.

—Fidel, ¿qué es lo que de verdad quieres?

Esa pregunta dejó a Fidel sin respuesta. Por un momento, en esa sala silenciosa, todo lo demás se borró.

Sí… ¿qué era lo que de verdad quería?

En teoría, tenía el resultado que buscaba. Pero en el fondo, lo que anhelaba no era ese acuerdo frío, no era solo cumplir un papel. Lo que quería era a la Candela de antes, la que lo miraba con devoción, la que lo amaba sin reservas.

No a esta Candela que solo veía en él a un socio necesario.

Pero no iba a confesarlo. No esa noche.

Se prometió que haría que Candela volviera a enamorarse de él.

Fidel respiró hondo, soltando despacio las palabras.

—Hecho.

La respuesta sonó firme.

—Voy a ayudar a tu hermano a regresar a la sede principal de Grupo Salinas y conseguirle el puesto de presidente. Pero Candela, si esto es una colaboración, tú también deberías mostrarme un poco de tu buena fe.

La mirada de Fidel recorrió a Candela de arriba abajo. Había tomado unos tragos, sus mejillas tenían un leve rubor, y bajo la luz tenue, sus ojos brillaban con una intensidad que hacía difícil no pensar en otras cosas.

Candela se quedó helada. No había esperado ese tipo de exigencia.

Cuando lo amaba, estar con él era lo más natural del mundo. Ahora, sin embargo, aceptar no divorciarse era solo una estrategia; no estaba dispuesta a entregarse de esa manera.

Fidel percibió su incomodidad al instante.

Se levantó despacio, apoyando ambas manos en los brazos de la mecedora donde Candela descansaba. Se inclinó, acercándose poco a poco.

El aroma de cedro que siempre lo envolvía le llegó directo, intenso y profundo.

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