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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 171

Cuidar de Fidel era algo que Candela había hecho durante cinco años.

Antes, cuando estaba profundamente enamorada de ese hombre, poder atenderlo en sus necesidades diarias le parecía una bendición. Sentía que era afortunada de estar a su lado, de ser quien se encargaba de él.

Pero ahora…

Candela le quitó la camisa a Fidel, su rostro impasible, como si no le afectara en lo más mínimo ver los músculos bien marcados de su abdomen. Ni siquiera pestañeó.

—Voy a traer el botiquín.

Habló con tranquilidad, sin dejar ver emoción alguna. Se fue y regresó poco después, cargando la caja de medicinas para cambiarle las vendas.

Al retirar la gasa, la herida quedó expuesta: era profunda, los puntos aún frescos.

En ese instante, los recuerdos de la noche anterior la asaltaron sin piedad. Recordó la manera brutal en que Fidel le había apretado el cuello, esa mirada cruel como si de verdad quisiera matarla.

La mano con la que sujetaba el hisopo temblaba, por más que intentara controlarse.

Fidel pensó que era por la herida, que la escena la había asustado.

—El doctor dijo que no se dañaron los tendones ni los huesos. Supongo que tuve suerte.

Mientras hablaba, no le quitaba los ojos de encima, atento al menor gesto de Candela. Imaginaba que, al ver la gravedad de su herida y saber que ella había sido la causa, Candela sentiría algo de culpa.

Pero para su sorpresa, Candela no dijo nada.

Tomó el hisopo, lo empapó de medicamento y comenzó a tratar la herida con sumo cuidado.

Para facilitar el movimiento, Candela apartó su largo cabello hacia un lado, dejando expuesto su cuello delgado. El suéter de cuello alto, al inclinarse para limpiar la herida, dejaba ver apenas un rastro morado.

Fidel se fijó en las marcas y no pudo evitar recordar lo sucedido la noche anterior. Sabía bien que la había asustado mucho.

Estiró la mano, como si quisiera tocar las marcas en el cuello de Candela.

Ella reaccionó como un animalito asustado y se echó para atrás de inmediato.

La mano de Fidel quedó suspendida en el aire, sin saber qué hacer.

Ahí se dio cuenta de que Candela le tenía miedo.

Fidel frotó sus dedos despacio, luego bajó la mano con lentitud.

—Perdóname. Te lo juro que lo de ayer no va a volver a pasar.

Candela guardó silencio. Solo levantó la mano para secarse una lágrima y volvió a bajar la cabeza, centrada en cambiarle el vendaje.

Sabía que la culpa que Fidel sentía en ese momento era su mejor arma.

En cada movimiento, las marcas en su cuello se notaban más y más.

Fidel, al ver la piel clara marcada por aquellos moretones, sintió la culpa calarle hasta los huesos. Abrió la boca varias veces, pero no encontró palabras.

Por más que intentara justificarse, lo cierto era que la había lastimado.

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