Cuando sonó el teléfono de Genaro, Candela ni siquiera había terminado de despertar.
La noche anterior, se había quedado organizando documentos hasta la madrugada, con la esperanza de dormir un poco más en la mañana. Pero ese deseo fue arruinado por el sonido insistente del celular.
Candela, medio dormida y con los ojos entrecerrados, presionó el botón de contestar.
En cuanto escuchó la voz de Genaro gritando del otro lado, el sueño se le quitó de golpe.
—¡Candela, no me digas que tú y Fidel se están burlando de mí!
Candela echó un vistazo a la pantalla del celular.
¿Genaro?
¿A esta hora y ya está perdiendo la cabeza?
—Habla claro. Si quieres hacer un berrinche, búscate a otro, a mí no me vengas con tus locuras.
Genaro, al escuchar el tono desafiante de Candela, soltó una palabrota por el celular.
Sin titubear, Candela le colgó.
Sacó una conclusión sencilla:
Toda la familia Arroyo estaba mal de la cabeza.
...
Mientras tanto, Genaro miraba el celular que acababa de serle colgado y, fuera de sí, escupió otra maldición.
¡Maldita sea!
Con razón Candela había cambiado tanto últimamente, aceptando asociarse con él para ir contra Fidel.
Ahora entendía: esos dos desgraciados nada más se estaban burlando de él.
Recordó cómo, en la junta de accionistas de esa mañana, Fidel lo había dejado en ridículo frente a todos. Lleno de rabia, Genaro pateó una silla que tenía al lado, tirándola al suelo.
No iba a dejar que se salieran con la suya.
Esa humillación no se la iba a tragar tan fácil.
Mientras planeaba cómo contraatacar, el celular sonó de nuevo: era Candela.
Genaro tiró el aparato en el sofá, haciéndose el desentendido.
Sin embargo, al ver que la llamada estaba por cortarse sola, la ansiedad pudo más y, resoplando, terminó respondiendo.
Apenas iba a empezar a despotricar, cuando la voz de Candela lo interrumpió primero.
—¿Ya te calmó la rabieta?
Genaro sentía que, con ese tono, parecía que el que había hecho algo mal era él.
—Candela, ¿que si me calmé yo…? ¡Oye! ¡Candela, no te atrevas a colgarme otra vez!

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