Lo cierto es que, al terminar el foro, Fidel acompañó a Zaira al aeropuerto.
Zaira le contó que Daya había empezado a tener fiebre de repente y, llorando, decía que le dolía el estómago.
En ese momento, Candela estaba justo al lado de Fidel.
Al escuchar la noticia, el corazón de Candela se encogió de inmediato, como si la preocupación la hubiese golpeado sin aviso.
—¿No será que comió de más? Ella suele tener el estómago delicado, se le indigestan las cosas con facilidad —se le escapó sin pensarlo.
Zaira, que ya venía arrastrando un fastidio tremendo hacia Candela desde temprano, al oírla todavía se llenó de más desagrado.
—Eso de los problemas de estómago es puro cuento de doctores tradicionales. En la medicina actual no existe nada de eso. Si no sabes, mejor no digas nada.
Fidel, Daya nos necesita a los dos ahora mismo. Mejor volvamos a estar con ella —soltó, mirando a Fidel con determinación.
Fidel, al enterarse de que su hija estaba enferma, se puso aún más nervioso y enseguida mandó a su asistente a buscar los boletos de avión más temprano disponibles.
—Sí, hoy mismo regresamos a Ciudad Solsticio. Zaira y yo volvemos —declaró Fidel, sin dudar.
Al notar que Fidel solo había pedido dos boletos, Zaira sintió cómo la rabia y el malestar que cargaba desde la reunión empezaban a desvanecerse.
Así que, al final, lo de Fidel y Candela era solo apariencia, una farsa para el público.
En el fondo, las únicas que contaban para Fidel como familia de verdad eran ella y Daya.
Cuando Fidel terminó de arreglar todo, recién entonces se acordó de Candela.
La verdad era que había pasado por alto a Candela al comprar los boletos.
—Voy a ver a Daya primero. Tú hace mucho que no vas a Nueva Arcadia, puedes quedarte unos días aquí y descansar. Yo mandaré a alguien por ti después...
No terminó de hablar cuando Candela ya se había ido de su lado.
Zaira, con una expresión satisfecha, comentó:
—La señorita Candela nunca ha tenido hijos, no sabe lo que es ser padre. En estos momentos, lo único que uno quiere es regresar de inmediato donde está su hija.
Fidel siguió con la mirada a Candela mientras se alejaba, con el entrecejo ligeramente fruncido.
¿No debería ir a explicarle las cosas a Candela? Al fin y al cabo, hace apenas un rato le había dicho que quería empezar de cero, vivir bien con ella.
Pero la situación lo superaba. Daya estaba enferma, y como padre no podía ignorarlo. Zaira, siendo la madre, también debía regresar.

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