—Deja de hacerte el desentendido, yo...
Candela ni siquiera se molestó en responder al berrinche de Genaro.
Se dirigió al celular y habló con voz firme.
—Si no confías en mí, podemos cancelar la colaboración. Genaro, después de tantos años, ¿acaso no conoces a Fidel? Si fuera tan incapaz de no poder manejar ni un simple escándalo, ¿crees que habría podido mantenerse tanto tiempo como presidente del Grupo Arroyo?
—Lo que tienes que hacer ahora no es perder la cabeza de coraje, sino pensar: ya que por ahora no puedes tumbar a Fidel, deberías enfocarte en cómo asegurar tu lugar en la empresa. Con esa actitud tuya, que apenas surge un problema y ya andas explotando, ¿de verdad crees que puedes competir con Fidel?
—Me parece que voy a tener que buscar otro socio para este asunto.
Candela terminó de hablar y colgó de golpe.
Genaro se quedó mirando el celular. Por primera vez en su vida, empezó a comparar la distancia que lo separaba de Fidel.
Fidel...
Parecía que nunca perdía el control por ninguna situación; tampoco recordaba haberlo visto actuar sin cabeza.
Tras un rato en silencio, Genaro llegó a una conclusión.
Fidel debe tener algún problema en la cabeza, seguro.
...
Candela guardó el celular y se fue directo al baño. Se inclinó sobre el lavabo y se echó un poco de agua helada en la cara.
El contacto del agua fría la hizo estremecerse, pero al mismo tiempo le devolvió algo de claridad.
Fidel...
Ese hombre calculaba cada paso. Ahora que lo pensaba, tal vez desde que el profesor Marcos la invitó al foro del día anterior, Fidel ya tenía todo planeado.
Parecía que la estaba envolviendo en dulces palabras y amenazas disfrazadas, pero en realidad estaba matando tres pájaros de un tiro. Con la noticia de ayer, logró borrar por completo el escándalo que ella misma había provocado en la entrada de la Universidad Fuente Clara.
Y, de paso, frente al público, se lució como el esposo que la ama y la respeta.
Si ahora insistía en divorciarse, aunque se fuera sin nada, todos dirían que la culpable era ella.
Ella era subastadora, su imagen profesional era esencial.
En este momento, no podía darse el lujo de pelearse abiertamente con Fidel.
Candela alzó la vista y observó en el espejo a esa mujer delgada, pálida, que apenas reconocía.
Jamás imaginó que algún día divorciarse sería tan complicado.
Pensó que los cinco años en los que lo amó ya habían sido la parte más oscura de su vida. Pero no, ahora recién empezaba la pesadilla.
Por fin entendía cuando Fidel le había dicho:
[Si yo no quiero, este matrimonio no se acaba.]

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