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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 202

Al finalizar su turno, Aníbal salió del hospital casi corriendo.

Apenas había recibido los resultados de la prueba de ADN y todavía llevaba el sobre entre las manos.

Lo había leído una vez... luego otra... y una tercera, incapaz de creer que aquellas pocas palabras pudieran cambiarle la vida para siempre.

Compatibilidad biológica: 99.99 %.

Adara era su hija. Su hija.

Durante todo ese tiempo había estado frente a él. La había cargado, la había hecho reír, la había protegido... sin saber que llevaba su sangre.

Sintió un nudo en la garganta.

Pensó en todos los meses que había perdido.

No estuvo presente cuando abrió los ojos por primera vez.

No escuchó su primer llanto.

No la sostuvo en brazos el día que nació.

No la vio dar sus primeros intentos por gatear ni la acompañó durante sus primeras noches de fiebre.

Mientras ella aprendía a descubrir el mundo, él ni siquiera sabía que existía.

Aquella verdad le desgarró el corazón.

Condujo hasta la casa de Elise sin recordar siquiera el camino. Solo tenía una necesidad que consumía todo su ser.

Verlas. Abrazarlas.

Decirles que nunca volvería a apartarse de ellas.

Cuando llegó, respiró profundamente antes de entrar.

La puerta estaba abierta.

El aroma de la cena recién preparada llenaba la casa.

Elise terminaba de servir la mesa con una expresión tranquila. Al escuchar la puerta, levantó la cabeza y sonrió.

—Llegaste justo a tiempo. Pensé que hoy saldrías más tarde...

Pero la sonrisa desapareció casi de inmediato.

Había algo extraño en Aníbal.

Sus ojos estaban completamente enrojecidos.

Brillaban por las lágrimas que luchaba inútilmente por contener.

Su respiración era irregular.

Parecía un hombre que acababa de atravesar la experiencia más intensa de toda su vida.

—¿Aníbal...? —preguntó preocupada—. ¿Qué ocurrió?

Él ni siquiera alcanzó a escucharla.

Toda su atención quedó atrapada en una pequeña figura sentada sobre la alfombra de la sala.

Adara jugaba feliz con unos bloques de colores y un par de ositos de peluche.

Su risa llenaba la habitación.

Al notar su presencia, la pequeña levantó la cabeza.

Sus enormes ojos brillaron de felicidad.

Extendió sus diminutas manos hacia él.

—¡Pa... pa... pa...! —balbuceó con una sonrisa inocente.

Aquella palabra terminó de romperlo.

El mundo desapareció a su alrededor.

Solo existía ella.

Se acercó lentamente, casi con miedo, como si temiera despertar de un sueño.

Se arrodilló frente a la niña.

Sus manos temblaban.

Acarició con infinita delicadeza su pequeño rostro.

—Mi princesa... —susurró con la voz quebrada.

Adara soltó una risita y volvió a extenderle los brazos.

Aníbal ya no pudo contenerse.

La levantó con infinito cuidado y la abrazó contra su pecho.

Sintió el calorcito de su cuerpo.

El suave aroma de bebé.

La manera en que sus pequeñas manos se aferraban a su camisa.

Y entonces rompió a llorar.

Las lágrimas descendieron sin control.

No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de amor.

De alivio. De culpa. De felicidad.

Era su hija. Su única hija.

Y durante todo ese tiempo había vivido creyendo que nunca tendría una familia propia.

—Perdóname... —susurró entre sollozos mientras besaba su cabecita una y otra vez—. Perdóname por no haber estado contigo... Perdóname por no saber que existías... No pude protegerte... No pude cargarte cuando naciste... Pero te juro que nunca volveré a apartarme de ti.

La niña, sin comprender el significado de aquellas palabras, acarició la mejilla húmeda de Aníbal con su diminuta mano.

Ese gesto hizo que llorara todavía más.

Una lágrima rodó por su mejilla.

Luego otra. Y otra más.

Su respiración se volvió entrecortada.

De pronto, algunos recuerdos comenzaron a golpear su mente.

Entonces comprendió.

Las piernas dejaron de sostenerla.

Cayó de rodillas mientras rompía en un llanto incontenible.

Durante tanto tiempo se había sentido incompleta.

Había vivido con la angustia de no entender qué parte de su vida le habían arrebatado. No saber quien era el padre de su hija y pensar que podría ser alguien cruel.

Ahora conocía la respuesta.

El nacimiento de su hija, ella era una bebé nacida del amor, del más grande amor de su vida.

Aníbal se arrodilló inmediatamente frente a ella.

Sin soltar a Adara, la abrazó con el brazo libre y apoyó la frente contra la suya.

Él también lloraba.

—No llores, mi amor...

—Te amo tanto, el pasado no importa, somos tú y yo para siempre, y nuestra amada hija. La vida nos recompensó con amor.

Tomó una de sus manos y la colocó sobre la espalda de la pequeña.

—La tienes aquí.

Luego puso la mano de Elise sobre su propio pecho.

—Y también me tienes a mí. Nunca volverás a enfrentar nada sola. Te lo prometo.

Elise rompió a llorar con más fuerza y se abrazó a él.

Durante largos segundos ninguno de los dos habló.

Solo permanecieron así, abrazados, mientras Adara, ajena al torbellino de emociones de sus padres, soltaba una pequeña carcajada y aplaudía feliz entre los dos.

Aquella inocente risa hizo que ambos sonrieran entre lágrimas.

Aníbal besó la frente de su hija y después la de Elise.

En ese instante comprendió que el destino le había arrebatado tanto tiempo, momentos irrecuperables, pero también le estaba concediendo una segunda oportunidad.

Y esta vez no pensaba desperdiciarla.

Jamás permitiría que alguien volviera a separarlos.

Porque, por fin, tenía entre sus brazos a la familia con la que siempre había soñado.

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