Al día siguiente.
Aníbal llegó al hospital antes que la mayoría del personal.
Apenas había dormido.
Durante toda la noche solo había una pregunta dando vueltas en su cabeza.
¿Y si realmente era su hija?
Entró directamente al laboratorio con el sobre donde había guardado las muestras.
Una bioquímica las recibió.
—Doctor Duncan, tendremos el resultado hoy mismo. Haremos una prueba de ADN de alta prioridad.
Aníbal asintió.
—Gracias.
Firmó la documentación correspondiente y observó cómo la especialista se llevaba las muestras.
Durante unos segundos permaneció inmóvil frente a la puerta del laboratorio.
Sentía que, junto con aquellas muestras, también había entregado una parte de su corazón.
Respiró profundamente.
Todavía no podía hacerse ilusiones.
No después de todo lo ocurrido.
"Si el resultado es negativo..."
Pensó en Elise. Pensó en todo el dolor que habían vivido.
No. No podía permitir que sufriera otra decepción.
Por eso decidió guardar silencio. Hasta tener la verdad en sus manos.
Volvió a su consultorio y continuó trabajando como cualquier otro día.
Atendió pacientes. Firmó expedientes. Participó en una cirugía.
Conversó con otros médicos.
Pero, por más que intentara concentrarse, su mente regresaba una y otra vez al laboratorio.
Miró el reloj. Faltaban horas.
Volvió a mirar. Solo habían pasado diez minutos.
Jamás un día le había parecido tan largo.
Mientras revisaba un expediente, no pudo evitar sonreír con tristeza.
"Sea cual sea el resultado..."
Pensó mientras cerraba la carpeta.
"Adara ya es mi hija."
"No necesito un examen para amarla."
"Aunque la ciencia diga que no compartimos sangre..."
"Jamás dejaré de verla como mi hija."
Aquella decisión le dio un poco de paz.
***
Mientras tanto, Samyra disfrutaba de su primer día de descanso después de meses dedicados por completo al hospital.
El departamento estaba inusualmente silencioso.
Había preparado un té y hojeaba un libro sobre maternidad cuando escuchó el timbre.
Se levantó lentamente. Su enorme vientre hacía que cada movimiento fuera más pesado.
Al abrir la puerta, abrió también los ojos con sorpresa.
—¿Nassira?
La joven sonrió con cierta timidez. Llevaba varias bolsas en las manos.
—Vine a cuidar de mi cuñada.
Samyra no pudo evitar sonreír.
—No hacía falta.
—Sí hacía falta.
Entró al departamento sin esperar invitación.
—Mi hermano me mataría si supiera que estás sola en este estado.
Samyra soltó una pequeña risa.
Aún le resultaba extraño ver aquella versión de Nassira.
Meses atrás jamás habría imaginado una escena así.
La antigua Nassira había desaparecido. Frente a ella estaba una mujer mucho más humilde. Mucho más cálida.
—Pensaba ir a visitar a Omar más tarde —comentó Samyra.
Nassira dejó las bolsas sobre la mesa.
—No será necesario hoy.
Hablé con el doctor Phillip antes de venir. Si todo continúa igual de bien, en pocos días le darán el alta.
Seguirá con su tratamiento, pero podrá descansar en casa.
Los ojos de Samyra se iluminaron.
—¿De verdad?
Nassira asintió.
—Su recuperación está sorprendiendo a todos.
Al día siguiente, poco antes del mediodía, el teléfono de Aníbal vibró.
Era el laboratorio.
—Doctor Duncan, sus resultados están listos.
Aníbal sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Se levantó de inmediato.
El camino hasta el laboratorio le pareció eterno.
Cuando llegó, una especialista le entregó un sobre sellado.
—Aquí están.
Él le dio las gracias. No fue capaz de abrirlo ahí mismo.
Caminó hasta un banco del jardín del hospital.
Necesitaba estar solo. Miró el sobre durante varios segundos.
Las manos le temblaban. Respiró profundamente.
Lo abrió. Sacó el documento.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas con ansiedad. Hasta que llegaron al resultado final.
Probabilidad de paternidad: 99.99 %.
El mundo pareció detenerse. Aníbal volvió a leer el informe.
Una vez. Dos veces. Tres.
Las palabras seguían allí. No habían cambiado. No estaba imaginándolo. Un nudo se formó en su garganta.
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.
Adara... Era su hija. Siempre lo había sido.
Sintió que el pecho se le oprimía.
Durante tanto tiempo creyó que había perdido la oportunidad de convertirse en padre.
Y ahora comprendía que la vida jamás le había quitado esa oportunidad. Se la habían arrebatado.
Apretó el informe contra su pecho y cerró los ojos.
Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
—Perdóname, hija... —susurró con la voz quebrada—. Perdóname por no haber estado contigo desde el primer día.
Respiró con dificultad. Después sonrió entre lágrimas.
Aquella no solo era la noticia más importante de su vida.
Era también la oportunidad de recuperar el tiempo que otros les habían robado.
Porque, a partir de ese momento... nadie volvería a separarlo de su hija, ni de la mujer que amaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...