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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 286

A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol atravesaron los enormes ventanales de la suite principal del palacio de verano, bañando la habitación con una luz cálida y dorada.

Afuera, el mar se extendía como un inmenso espejo azul que se confundía con el horizonte, mientras la suave brisa hacía danzar las cortinas de seda.

Hasret abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando el techo mientras intentaba recordar dónde estaba. Entonces, una sonrisa apareció en sus labios.

Ahora era la esposa de Murad Al-Sabah.

Giró la cabeza y descubrió que el lado de la cama estaba vacío.

—¿Murad...? —murmuró con voz adormilada.

Se incorporó lentamente y vio que la puerta que daba a la terraza permanecía abierta. El aroma del café árabe recién preparado y del pan caliente inundaba la habitación.

Intrigada, caminó descalza hasta la terraza.

Lo encontró allí.

Murad había preparado personalmente el desayuno.

Sobre una elegante mesa de mármol blanco descansaban pequeñas bandejas de plata repletas de dátiles Medjool, pan recién horneado, miel, queso fresco, frutas tropicales, pastelillos rellenos de pistacho, croissants, mermeladas artesanales y una delicada cafetera de cobre de la que aún escapaba el vapor.

El magnate levantó la vista al escuchar sus pasos.

Sus ojos se iluminaron inmediatamente.

—Buenos días, mi pequeña esposa.

Hasret sonrió con dulzura.

—¿Preparaste todo esto tú?

Murad asintió con naturalidad.

—Quería que tu primer desayuno como señora Al-Sabah fuera perfecto.

Ella sintió cómo el corazón se le llenaba de una calidez indescriptible.

Nunca nadie había tenido un gesto semejante con ella.

Murad apartó la silla para que pudiera sentarse.

—Ven.

Debes comer.

Aún estás recuperándote.

Hasret obedeció.

Él tomó un dátil, retiró cuidadosamente el hueso y se lo ofreció directamente a los labios.

Ella lo miró avergonzada.

—Puedo hacerlo sola.

Murad sonrió.

—Lo sé.

Pero déjame consentirte.

Ella abrió lentamente la boca y aceptó el dátil.

Después probó uno de los pequeños pastelillos rellenos de pistacho.

El sabor era exquisito.

—¿Cómo te sientes?

Hasret levantó la mirada.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

Después sonrió con sinceridad.

—Estoy feliz.

Murad acarició el dorso de su mano.

—¿Solo feliz?

Ella negó lentamente.

—Estoy feliz… por ti. Porque nunca imaginé que alguien pudiera quererme así.

Murad sintió que aquellas palabras valían mucho más que cualquier fortuna.

Se inclinó y besó delicadamente su frente.

—Y yo jamás imaginé que encontraría una mujer capaz de darle paz a mi corazón.

***

Más tarde, ambos salieron hacia la playa privada perteneciente a la familia Al-Sabah.

Aquel rincón del mundo parecía un paraíso escondido.

La arena era tan blanca que brillaba bajo el sol.

Las aguas cristalinas permitían ver pequeños peces nadando entre los arrecifes cercanos.

No había turistas. Ni fotógrafos. Ni curiosos.

Solo ellos dos.

Hasret apareció vistiendo un elegante traje de baño blanco acompañado por un fino pareo de seda.

Aunque el diseño era discreto, no podía evitar sentirse avergonzada.

Durante años había ocultado su cuerpo por inseguridad y por miedo a las críticas.

Al notar su nerviosismo, Murad caminó hasta ella.

Sin decir una palabra, rodeó suavemente su cintura.

La atrajo hacia sí.

—¿Qué ocurre?

Ella bajó la mirada.

—Nunca había usado algo así delante de alguien.

Murad sonrió con ternura.

Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Entonces déjame ser el primero.

Porque eres la mujer más hermosa que he visto.

Hasret sintió que sus mejillas ardían.

Murad levantó suavemente su mentón.

—No vuelvas a esconderte. Eres perfecta para mí.

Aquellas palabras disiparon gran parte de su vergüenza.

Poco después caminaron descalzos por la orilla del mar.

Las olas acariciaban sus pies mientras el viento agitaba el cabello de Hasret.

Murad la tomó de la mano y la condujo hacia los establos privados del palacio.

Dos majestuosos caballos árabes los esperaban.

Murad ayudó a Hasret a montar.

Después cabalgaron juntos siguiendo la línea de la playa.

Ella reía cada vez que el caballo aceleraba ligeramente.

Por un instante, el miedo que la había acompañado durante tantos años quiso regresar.

Pero entonces respiró profundamente.

Miró el enorme anillo de matrimonio que brillaba en su dedo.

Después recordó los brazos protectores de Murad.

Recordó sus palabras.

"Nadie volverá a hacerte daño."

Cerró los ojos.

—No, Tariq… Ya no te pertenezco. Nunca más. Ya no soy aquella esclava que obedecía cada una de tus órdenes. Ya no tengo miedo de ti. Ahora soy Hasret Al-Sabah. Y jamás volverás a decidir sobre mi vida.

***

Muy lejos de aquella isla paradisíaca, la mansión de la familia Darmahus estaba envuelta en un ambiente completamente distinto.

Los gritos resonaban por toda la residencia.

Essyra cayó al suelo después de recibir una fuerte bofetada.

Su padre respiraba con violencia.

Su rostro estaba completamente desencajado por la furia.

—¡Escúchame bien!

La señaló con desprecio.

—¿Sabes el desastre que provocaste? ¡Toda la prensa habla de tu escándalo! ¡Nos convertiste en el hazmerreír de Dubái!

Essyra rompió en llanto.

—Padre… yo…

Antes de terminar la frase recibió otro golpe.

—¡Cállate!

La joven cayó nuevamente de rodillas.

Las lágrimas descendían sin control por su rostro.

Su padre la observó con absoluta frialdad.

—Mañana mismo aparecerás ante todos los medios de comunicación. Pedirás disculpas públicamente. Ante la prensa. Ante la familia Al-Sabah. Y, sobre todo… Ante Hasret Al-Sabah. Pronunciarás su nombre con respeto. Y reconocerás que mentiste.

Essyra sintió que el pecho se le oprimía.

Aquello era mucho peor que cualquier castigo físico.

Tendría que humillarse delante de todo el país.

—Si te niegas…

El hombre dio un paso hacia ella.

Su voz se volvió helada.

—Juro que te enviaré a un lugar del que jamás volverás a ver la luz del sol.

Essyra quedó completamente paralizada. Sabía que su padre nunca hacía amenazas vacías.

Bajó lentamente la cabeza.

Con la voz quebrada respondió:

—Haré… haré todo lo que me pides, padre.

Pero, mientras inclinaba la cabeza, una sombra de odio comenzó a crecer silenciosamente en el fondo de sus ojos.

Y esa noche, por primera vez, juró que algún día haría pagar a Hasret por la humillación que estaba sufriendo.

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