Murad detuvo el beso con una lentitud tortuosa.
Sus dedos, firmes y tibios, subieron por el contorno de su cuello hasta acunar la mejilla de Hasret con una delicadeza inesperada para un hombre de su porte.
—¿Tienes idea de lo que sucederá esta noche? —preguntó él en un murmullo grave, rasposo por el deseo latente.
Hasret agachó la mirada de inmediato.
Un rubor ardiente le encendió el rostro, trepando desde el escote hasta las orejas.
—Haremos el amor, habibti... y será algo infinitamente placentero —Le fascinaba descubrir esa inocencia casi intacta y saber, con la posesividad que le quemaba el pecho, que sería él el único hombre que le enseñaría los secretos de la carne y el verdadero valor de la entrega.
Ella asintió apenas, sintiendo un nudo de anticipación atenazándole la garganta.
Murad no esperó más.
Sus manos grandes y pacientes comenzaron a deshacer los broches e hilos dorados que sujetaban el suntuoso vestido de novia.
La seda crujió bajo su tacto.
Él desprendió la bata de seda y la dejó caer al suelo sin mirar dónde aterrizaba.
Ya no quería perder el tiempo en formalidades; quería demostrarle la verdad de sus promesas con actos, con fuego puro.
La tomó suavemente de los hombros y se acercó a su rostro hasta que sus alientos se mezclaron.
Luego, descendió sus manos hacia la estrechez de su cintura, atrayéndola sin escapatoria contra la solidez de su cuerpo desnudo del torso para arriba.
—No tengas miedo... Te prometo por mi honor que jamás te haré daño —susurró él sobre sus labios.
Murad la besó de forma furtiva.
Al principio fue un roce lento, exploratorio, un néctar suave para calmar su inquietud; pero la calidez de la boca de ella encendió una chispa de apremio.
La pegó a su pecho para sentir el latido desbocado de su corazón. No fue hasta que a Hasret se le agotó el aire que él abandonó sus labios, deslizando la boca por su mejilla, la curva de la mandíbula y el largo de su cuello, dejando tras de sí un reguero de besos húmedos que hicieron estremecer a la joven.
Hasret sentía que la piel le ardía.
Estaba segura de que ese calor sofocante ya no provenía de las llamas de las velas.
Murad terminó de retirar el elaborado vestido de novia, liberándola del peso de la tela con tanta facilidad que ella apenas tuvo tiempo de asimilarlo.
Murad quería ir despacio, ser el caballero paciente que ella merecía, pero el impulso primario que le recorría las venas amenazaba con vencerlo.
Se alejó apenas un instante, el tiempo justo para despojarse de su propia ropa con movimientos decididos y dejarla sobre una silla cercana.
Al ver la desnudez imponente de Murad —su espalda ancha, la piel tostada y la fuerza de su torso—, el pulso de Hasret se disparó.
Murad se acercó de nuevo a la cama, arrodillándose frente a ella.
Comenzó a dejar pequeños besos sobre la piel desnuda de sus hombros y clavículas.
Cuando él rozó con los labios el centro de su pecho, ella apretó más los brazos, resistiéndose a ceder por puro pudor.
Él levantó la vista, buscando sus ojos.
La mirada de Murad se había oscurecido, teñida por una sombra de lujuria y devoción madura.
Sin pronunciar palabra, con una presión dulce pero inamovible, guió las manos de ella lejos de su torso. Hasret terminó obedeciendo, entregando su defensa.
Murad no perdió un segundo: atrapó uno de sus pezones con la punta de la lengua, saboreándolo antes de succionarlo con suave firmeza.
Hasret se arqueó hacia atrás con un gemido sofocado.
Era una sensación completamente nueva, una sacudida eléctrica que empezó en su pecho, provocó un cosquilleo desconocido en el estómago y terminó concentrándose como un latido sordo y caliente en su zona más íntima.
Se asustó ante la intensidad del placer, pero él no detuvo las caricias que encendían cada centímetro de su piel.
Murad comenzó a moverse. El ritmo era sabio: lento al principio, marcando profundidad, y luego adquiriendo una firmeza llena de pasión.
—¡No... no puedo más! —exclamó Hasret entre dientes, girando la cabeza sobre la almohada, sintiendo que el suelo desaparecía bajo su cuerpo.
Murad sonrió sobre su boca, reconociendo el abismo al que ella se aproximaba.
—Casi, mi amor... Casi llegamos a la gloria juntos —susurró él, volviendo a reclamar sus labios mientras aceleraba el compás de sus caderas.
En ese momento de éxtasis desbordado, Hasret soltó las sábanas por primera vez y se aferró con fuerza a la espalda ancha y sudorosa de Murad.
Ya no había control, solo un instinto salvaje y hermoso que la empujaba hacia la cima.
Una urgencia ciega la invadió hasta que, de repente, un goce indescriptible e inmenso se apoderó de todo su ser.
La tensión en su vientre se liberó en una explosión.
Hasret se convulsionó debajo de él, retorciéndose de placer, y dejó escapar un grito que rasgó la quietud de la alcoba mientras clavaba las uñas en la espalda de él.
—¡Ah... Murad! —exclamó con la voz quebrada por el orgasmo.
Escuchar su nombre pronunciado en ese tono de devoción absoluta fue la chispa final que Murad necesitaba.
La embestió una última vez con ímpetu salvaje y se dejó llevar por su propio clímax.
—¡Te amo, Hasret! —alcanzó a exhalar él, apoyando la frente contra la suya, exhausto y pleno.
Depositó un beso tierno y prolongado en su frente antes de salir con cuidado de su cuerpo y recostarse a su lado.
Hasret se quedó inmóvil un momento, asimilando la inmensidad de lo que acababa de vivir.
Se cubrió con la sábana de seda y se giró sobre un costado para quedar frente a él. Murad extendió el brazo, la atrajo hacia su pecho y volvió a besarte los labios con infinita dulzura.
—Habibti... eres mía. Para siempre —susurró él, acariciándole el cabello.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...