Úrsula dudó un instante y extendió la mano para recibirlo.
Cuando todos se fueron, el único que quedó fue Mateo, sentado en el suelo con la mirada vacía.-
El joven de alta alcurnia, acostumbrado a los lujos, era incapaz de procesar que toda su identidad era una farsa; seguía sumergido en el desmoronamiento de su propia realidad.
Úrsula miró de reojo al hombre con el que había convivido el último mes.
Tras unos segundos, apartó la mirada por completo y siguió a Wilfredo hacia la salida.
De regreso a la casa de la familia Valdés.
Su madre, Sonia Valdés, su hermana mayor, Natalia, y su cuñado, Hugo, los esperaban en la sala principal.
Sonia, que no podía ni quedarse sentada de los nervios, se acercó a paso rápido al ver llegar a Wilfredo:
—¿Y bien? ¿Qué pasó?
Wilfredo se quitó el saco, se lo entregó a Sonia y fue directo a desplomarse en el sofá.
Hugo le sirvió un café.
Wilfredo le dio un par de sorbos:
—Todo resuelto, tranquilos.
Sonia frunció el ceño con preocupación:
—O sea que Mateo sí era un impostor. ¿Y qué planean hacer los Silva con esta alianza matrimonial?
Al decir eso, jaló a Úrsula del brazo:
—¿No llegaron a firmar los papeles, verdad? Tu papá te llamó en cuanto le avisaron.
—No.
Sonia soltó un largo suspiro de alivio:
—Menos mal, menos mal.
Se dio un par de palmadas en el pecho, logrando relajarse de verdad.
Wilfredo le hizo una seña para que se sentara y, mirando al resto de su familia, sentenció:


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