Esa era una residencia de recién casados, así que, descartándola a ella, la única otra persona con la autoridad suficiente para meter a todo un batallón ahí era su otro habitante.
Clavó los pies en la entrada por unos instantes, dejó que sus pulmones se llenaran de oxígeno puro y finalmente dio los primeros pasos hacia adentro.
La sala apestaba ligeramente a tabaco; un puñado de hombres y mujeres se retorcía por los amplios sillones de cuero con cerveza en mano y soltando maldiciones entre apuestas de cartas. Otros dos estaban casi embarrados en la televisión gigante machacando los botones de los controles.
El tipo de los tatuajes que conoció el otro día estaba trepado en una mesa carísima mientras una muchacha de cabello verde brillante lo obligaba a marchar a ritmo de música de pop, tan patéticamente torpe que el resto del grupo no dejaba de doblarse de las carcajadas.
Y en todo el centro, como el rey del castillo, estaba el dueño de la casa barajando unas cartas. Tenía todo el cabello echado hacia atrás, dejando al desnudo esos ojos salvajes y agresivos; apretaba un cigarro entre los dientes con una pierna estirada sobre el borde del mueble y la otra flexionada contra sí mismo, portando una estampa digna del mejor maleante del barrio.
Todo aquel cuarto principal, decorado para destilar la elegancia más pura, había terminado destrozado por esa jauría como si se hubieran apropiado del peor antro barato de la ciudad.
Apenas sintieron un ruido en la puerta de madera, todos voltearon como muñecos mecánicos para enfocar el rostro de la persona nueva.
Veinte ojos cayeron de un golpe contra el cuerpo de Úrsula.
A Úrsula la visión casi le roba la consciencia; estrujó con pánico la tela de su bolsa, anclándose perdida en el marco de la entrada mientras las pupilas se le agitaban como canicas.
Por más que se había construido una armadura antes de pisar esa casa, estaba clarísimo que le faltaba material.
Todos se medían en silencio.
Una tumba inmensa tragó cualquier eco y canción, sumergiéndolo todo en un vacío paralizante.
Fueron varios segundos amargos hasta que la joven de los tintes verdes estalló un chicle entre sus labios, alzó un poco la cabeza y miró al hombre tatuado:
—Tomás, ¿y esta quién es?
Tomás saltó con agilidad de la mesa al piso:
—Si no es parte de la pandilla y está cruzando por aquí sin sudar... tú dime quién más podría ser.
En cuanto el sujeto lanzó la indirecta, las bombillas se encendieron en todas esas cabezas. Comprendieron rápidamente que la chica frágil de la puerta, que desentonaba espantosamente con todos ellos, no era más que el juguetito de alta gama que su líder heredó tras arrastrar al farsante por el lodo de los Silva.
La mirada de la chica de cabello verde se vació de curiosidad para inyectarse de pura impaciencia y fastidio:
—Vaya, vaya. Una señorita de alta alcurnia.
Alzó ambas manos en el aire, se recogió el cabello en una maraña floja y de paso golpeó de un manotazo los almohadones del sofá a su lado:
—Ya que Tomás no aguanta el ritmo, ven para acá. Toma su lugar y juega unas rondas con nosotros.
Úrsula humedeció el labio y ni siquiera lo procesó para soltar el rechazo:


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