Yara tampoco estaba precisamente nadando en tiempo libre. Su única actriz iba a empezar sus primeras capacitaciones de actuación en una producción, así que a la representante le tocaba ser su sombra todo el día; le aterraba ofender a la persona equivocada o cometer la más mínima equivocación.
No era para menos; se había partido la espalda rogándole a todo el mundo por conseguirle una entrada en ese set.
Así que Úrsula le dijo que se fuera tranquila a resolver sus asuntos.
Después de despedirse de su amiga, Úrsula se plantó frente a la cafetería a pedir un taxi, y justo en ese momento, su teléfono vibró con una notificación: era la transferencia bancaria de Sonia.
Mamá: [No se te vaya a olvidar el regalito de Nomi].
Únicamente cuando el tema giraba alrededor de Nomi, Sonia lograba un nivel de concentración tan intenso que no dejaba de atosigarla con mensajes.
Úrsula se quedó clavando la vista en la pantalla del celular un buen rato, hasta que el auto llegó.
Abrió la portezuela, subió y, mientras el motor arrancaba, tecleó a la velocidad de la luz y metió en su carrito de compras un lote de más de cien de los clásicos literarios más pesados y aburridos del planeta. Luego ingresó la dirección de la escuela de Nomi y su número celular de contacto.
Estaba tan fastidiada que, apenas completó el pago, bloqueó a su hermanita de todas sus redes y llamadas.
Úrsula se encerró a disfrutar de su soledad en el departamento casi quince días. Recién al llegar el fin de esa quincena, se acordó por fin de romper el sello del sobre que le había dado el asistente de la familia Silva.
La dirección de su nuevo hogar de casada apuntaba a la Mansión Poniente; era una casa independiente y con muchísima mejor ruta para salir y regresar que el apartamento que habían usado como tapadera antes.
Wilfredo ya la había presionado por teléfono un par de días antes. Le dijo que las cosas se habían enfriado, que no podía vivir como ermitaña todo el mes o de lo contrario, las malas lenguas iban a empezar a hacer su festín.
Siempre le tocaba el papel de la que tenía que bajar la cabeza y obedecer.
Muy en su interior, ella era consciente de la verdad: aunque Natalia no estuviera casada, el dedo acusador habría terminado señalando su cabeza tarde o temprano.
No es que Wilfredo fuera un monstruo con ella, pero de entre las tres hijas, si llegara el momento de aventar a una a las brasas para salvar la hacienda, su nombre estaba en el tope de la lista.
Natalia había sido la primera; nació envuelta en las expectativas, en el romance intacto y en las sonrisas de la pareja.
Pero justo a punto de que Úrsula diera su primer respiro en este mundo, Sonia estaba enfrascada en una guerra fría de sospechas porque creía que Wilfredo mantenía una relación de amantes con su secretaria; las peleas escalaron tanto que tenían un pie puesto en el divorcio.


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