Úrsula dudó un par de segundos en la escalera.
Fue en ese breve instante.
El hombre chasqueó la lengua, perdiendo la paciencia, y se levantó del sofá.
Los presentes apartaron rápidamente las piernas para dejarle paso.
Lucio caminó directo hacia el final de las escaleras. Sin darle tiempo a reaccionar, pasó su largo brazo por detrás de la chica, envolviendo su pequeña cintura, y con un solo movimiento la levantó en el aire, dejándola atrapada bajo su brazo.
Los pies de Úrsula perdieron el contacto con el suelo y soltó un pequeño grito:
—¡Tú!
Por instinto, sus manos se aferraron al musculoso brazo que la aprisionaba. No pudo evitar girar la cabeza, pero lo único que logró ver fue el perfil impecable del hombre.
El corazón le latía a mil por hora.
Estaba asustada.
Lucio simplemente la llevó bajo el brazo mientras caminaba a zancadas de regreso al sofá.
Úrsula se sentía sumamente incómoda, pero no se atrevía a decir ni una palabra.
Estaba acostumbrada a tratar con personas que, al menos en apariencia, eran caballerosas como Mateo Silva. Toparse de golpe con este nuevo esposo suyo, que claramente jamás había conocido la palabra modales, era como cruzarse con un matón callejero.
No había nada que pudiera hacer.
Tomás, demostrando tener buen ojo para la situación, rápidamente despejó un lugar, dándoles patadas a los que estorbaban:
—¡Fuera, fuera! ¡Váyanse a otro lado!
Aquellos tipos no se molestaron. Si no tenían dónde sentarse, se tiraban directamente al suelo, sin ninguna delicadeza.
Lola miró a Tomás.
—¿De verdad tienes que rebajarte a limpiarle el camino a los de la alta sociedad?
Tomás soltó una carcajada.
—Ella es una señorita fina, ¿acaso crees que es como nosotros? Es de piel delicada.
—¡Qué caprichosa! —exclamó Lola, haciendo una burbuja con su chicle hasta que reventó. Con un movimiento rápido, tomó una manta limpia que estaba cerca y la extendió sobre el asiento.
Acto seguido, Lucio dejó caer a Úrsula sin ninguna suavidad sobre la mullida manta.
Su cuerpo rebotó un poco en el suave sofá.
Su corazón también seguía rebotando descontrolado.
Apenas logró acomodarse.
El asiento a su lado se hundió cuando Lucio se sentó junto a ella.

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