Cuando Aurelio llegó, Inés parecía estar verdaderamente ebria.
En la mesa había un grupo de hombres y mujeres conversando animadamente. Al verlo aparecer, todos se quedaron boquiabiertos y luego sus ojos brillaron de emoción.
¡Vaya sorpresa! Esa noche sí que se habían sacado la lotería.
No solo habían logrado cenar y tomar unas copas con la Directora Inés.
¡También habían conseguido ver al mismísimo Aurelio Belmont en persona!
A este hombre era casi imposible conseguirle una cita.
Invitarlo a cenar era un sueño inalcanzable.
Muchos habían movido cielo, mar y tierra para agendar un encuentro con él, sin éxito alguno.
Al principio, pensaban que era porque no tenían el nivel suficiente en la sociedad.
Pero después descubrieron que el mismísimo diablo los rechazaba a todos por igual, sin distinción de jerarquías.
Y su excusa siempre era la misma: "Al salir del trabajo tengo que ir a casa a ver a mi hija y hacerle compañía a la jefa de la casa".
Y ahí estaba "la jefa de la casa", sentada en el asiento principal de la mesa, con la mirada totalmente perdida.
Al verla en ese estado, a Aurelio le hirvió la sangre de coraje.
Pero se tragó su enojo y, justo cuando Inés estuvo a punto de irse de lado y caerse, la sostuvo con firmeza.
Inés se recargó cómodamente en el pecho de Aurelio.
Frotó su mejilla contra la tela de su camisa.
A Inés le encantaba esa suave textura de seda.
De hecho, ella misma le había elegido esa camisa. Desde entonces, el hombre parecía querer ponérsela todos los días.
Si no fuera por el miedo a arruinarla y a que Inés no quisiera comprarle otra, hasta habría dormido con ella puesta.
Parecía que se la quería tatuar al cuerpo.
—¿Cómo es que tomaste tanto? —Aurelio tomó una toallita húmeda y le limpió el rostro con delicadeza.
Inés tardó un segundo en procesarlo y levantó la mirada hacia él. —¿Me estás reclamando?
Antes, él se había emborrachado así infinidad de veces, e incluso le tocaba a Inés ir a recogerlo en plena madrugada.
Y ahora apenas eran las nueve de la noche.
Aurelio soltó un levísimo suspiro. —¿Cómo me atrevería a reclamarte? Solo me preocupo por ti, no quiero que mañana amanezcas sintiéndote mal.
Inés no tenía buena resistencia al alcohol, y al día siguiente siempre sufría los estragos de la resaca.
La preocupación de Aurelio era genuina.

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