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Llorarás sobre mi tumba: La muerte fue mi única salida romance Capítulo 520

—En nuestro primer aniversario, hiciste exactamente lo mismo. Te emborrachaste con otras personas. Yo preparé una cena en casa, te estuve esperando; la comida se enfrió, la calenté una y otra vez, y al final tuve que tirar todo a la basura.

Esa noche, cuando Aurelio regresó, agarró a Inés y la poseyó con violencia.

Sin decir una sola palabra, siendo increíblemente rudo.

A la mañana siguiente, se fue de viaje de negocios a primera hora.

Desde ese momento, la relación entre ambos se fracturó.

Tal vez fue por el alcohol, pero mientras Inés hablaba, sus ojos se humedecieron y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Aurelio entró en pánico. —Perdóname, mi amor, todo fue culpa mía. Por favor, no llores, ¿sí?

En ese instante, Aurelio comprendió por qué Inés se había excedido con la bebida y por qué estaba de tan mal humor.

Seguramente había recordado esa noche, cuando él la dejó plantada y luego regresó solo para acostarse con ella sin decir una palabra.

Desde la perspectiva de Inés, en aquel entonces Aurelio no la veía como a su esposa, sino más bien como un simple objeto para descargar sus frustraciones.

Un matrimonio sin respeto era un verdadero infierno.

Aunque el tiempo había pasado, las emociones reprimidas siempre encontraban el momento perfecto para resurgir.

Por un instante, Inés volvió a sumergirse en el dolor del pasado, pero logró recomponerse.

Se sentó de golpe y le reclamó: —¿Dejaste a Bombón solita en la otra habitación?

Aurelio respondió: —Le pedí a tu mamá que durmiera con ella. Te traje a este cuarto para no despertarlas.

Inés lo pensó un momento y volvió a acostarse. Estaba impregnada de olor a alcohol, definitivamente no era buena idea dormir cerca de su hija.

Tras una larga pausa, Aurelio le preguntó: —Mi vida, ¿me puedo quedar? No quiero dejarte sola.

Estando tan ebria, le aterraba pensar que quisiera levantarse al baño o por agua y terminara lastimándose. Si eso pasaba, Aurelio no se lo perdonaría.

Inés no respondió. Aurelio notó que ya había cerrado los ojos y parecía estar profundamente dormida.

Se metió en la cama con muchísimo cuidado, se acomodó y la arropó suavemente con las cobijas.

Se recostó de lado para poder observarla.

Mucho tiempo después, Inés murmuró: —Aurelio.

—¿Sí? Aquí estoy.

Abrió los ojos lentamente y lo miró. —Si decides quedarte conmigo, tienes que saber que, de vez en cuando, te voy a echar en cara los errores del pasado.

Aurelio apretó los labios. —Hazlo. No me molesta que me lo eches en cara; puedes golpearme, insultarme o torturarme, como tú quieras. Al contrario, me asusta que te lo guardes todo. Te lo has guardado durante tanto tiempo... mereces desahogarte. Debes hacerlo. Yo aceptaré todo tu enojo. Pero...

La voz de Inés sonó congestionada. —¿Pero qué?

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