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Llorarás sobre mi tumba: La muerte fue mi única salida romance Capítulo 518

—Ya tienes a las familias más poderosas de Santa Marina comiendo de la palma de tu mano. Especialmente después de hoy, todas ellas trabajarán para mí. ¿Quién en su sano juicio no sabe que estoy bajo tu protección? —dijo Inés, agitando los contratos que tenía en la mano.

Aurelio apretó los labios. Aunque lo había descubierto, no sintió ninguna vergüenza. —Solo preguntaba por si, de pura casualidad, me decías que sí.

Inés le dio un golpecito en la punta de la nariz. —Ya vete a dormir, sigue soñando.

Dicho esto, se levantó y se alejó.

—Quiero dormir en la habitación principal —intentó negociar Aurelio.

Pero la respuesta fue la que ya esperaba: —No.

Aurelio se llevó la mano a la frente con una sonrisa resignada. Esa noche, efectivamente soñó con Inés, pero a la mañana siguiente, al ver sus pantalones de pijama y las sábanas, se sintió profundamente avergonzado.

—¿Qué estás lavando tan temprano? —preguntó Inés, asomándose al ver que metía cosas a la lavadora a escondidas.

Aurelio murmuró: —Nada.

Cuanto más intentaba ocultarlo, más curiosidad sentía Inés. Jaló las sábanas y exclamó: —Oye, pero si estas sábanas las cambiaste ayer. ¿Por qué las...? ¡Pfff! ¡No me digas! Aurelio, ¡ya eres un hombre de más de treinta años!

Inés no pudo evitar estallar en carcajadas.

El rostro de Aurelio pasó del rojo al rojo oscuro. —¿Acaso es un crimen ser joven y tener mucha vitalidad?

Diciendo esto, arrojó las sábanas y el pantalón a la lavadora con frustración. —La culpa es tuya, anoche me estuviste provocando. Y ya llevas días ignorándome.

Para poder estar con ella, tenía que rogarle y depender de su estado de ánimo. Solo cuando ella decía que sí, se podía.

Inés se tapó la boca, riendo tanto que sus ojos se hicieron dos líneas finas.

Bajo la luz del amanecer, Aurelio podía ver los finos vellitos en las mejillas de Inés, tan llena de vida y frescura que el corazón se le derretía.

Todo el resentimiento y la frustración que Aurelio sentía desaparecieron al instante. Tomó el rostro de Inés entre sus manos y la besó con pasión.

Esta vez, Inés no se resistió; se dejó llevar.

—Papi, mami, ¿se están dando besitos? ¡Yo también quiero! —dijo Bombón, frotándose los ojos, todavía medio dormida.

Inés apartó Aurelio de un empujón. El hombre perdió el equilibrio, chocó contra la lavadora y soltó un quejido de dolor.

—No nos estábamos dando besitos, es que a mamá le entró basurita en el ojo y papá me estaba ayudando a soplar —dijo Inés, dándose la vuelta rápidamente para cargar a Bombón.

Bombón ladeó la cabeza, observando los labios de Inés. —Mami, ¿qué te comiste que estaba tan rico? ¿Por qué tienes la boca tan roja?

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