Inés pensó que Aurelio estaba exagerando. Esos jóvenes herederos tal vez eran un desastre, pero sus familias pertenecían a las esferas más influyentes de Santa Marina.
A lo mucho, mandarían a un representante a pedir disculpas. Era imposible que los patriarcas de esas familias vinieran en persona.
Sin embargo, Inés había subestimado el nivel de influencia de Aurelio en ese mundo.
Esa misma noche, los padres de los jóvenes problemáticos aparecieron en su puerta.
Y no solo traían regalos lujosísimos, sino que venían con contratos bajo el brazo.
Le aseguraron pedidos para su estudio por los próximos tres años.
Eso significaba que Inés ni siquiera tendría que esforzarse en lanzar nuevos diseños para atraer clientes; con solo producir sus obras habituales, tendría un flujo interminable de trabajo.
Además, no solo iban a comprar sus obras.
Se comprometían a patrocinar la promoción del estudio de Inés. No solo en Santa Marina, sino que también la ayudarían a abrir mercado en dos de las provincias cercanas.
Inés contempló la pila de contratos frente a ella y miró a Aurelio, estupefacta. —¿Ya lo tenías todo planeado, ¿verdad?
Cuando ordenó que se llevaran a esos mocosos, Inés pensó que algo no encajaba.
Considerando el estatus y el poder de Aurelio, no había necesidad de llegar a los extremos con unos niños malcriados.
Con solo mencionar su nombre o pedirle al director del canal de televisión que interviniera, el problema se habría solucionado en segundos.
Pero Aurelio decidió que sus hombres los arrestaran.
Seguro los mantenían encerrados dándoles de comer y beber como reyes, pero el mensaje era claro: los usaría como moneda de cambio para obtener beneficios.
De repente, Inés recordó algo que Ana de Rivera le había dicho alguna vez: "En Santa Marina, todos mueren por tener una buena relación con Aurelio Belmont".
Esa frase cada vez cobraba más sentido.
—Durante los próximos tres años, podrás dedicarte a crear tus propios diseños sin preocuparte por los costos. Ya no quiero que te desveles, me rompe el corazón —dijo Aurelio mientras le entregaba un vaso de leche a Inés—. Tómatela y vete a descansar temprano.
Inés parpadeó sorprendida. —¿Ya te habías dado cuenta?
Últimamente, Inés tenía que cumplir con los pedidos, buscar nuevos clientes e intentar crear nuevos productos; estaba verdaderamente saturada.
Un par de veces se había quedado dormida trabajando en el estudio de su casa.
Y a la mañana siguiente despertaba en su cama, obviamente porque Aurelio la había cargado hasta ahí.

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