—¡Animal! —gritó Ivana, temblando de rabia. Lo agarró por el cuello de la camisa y le dio un par de bofetadas con todas sus fuerzas.
Hugo se había criado en las calles, era el típico matón de barrio. ¿Cuándo en su vida había recibido un trato así?
Para él, Ivana no era más que una herramienta para sacar dinero.
Al principio, quiso morder a Ivana con rabia, pero las cuerdas que lo ataban eran tan gruesas que no logró soltarse.
Lleno de ira, ¡le escupió bruscamente en la cara!
Antes de que Ivana pudiera reaccionar, una mano la tomó firmemente por la cintura desde atrás, tirando de ella hacia atrás y, aprovechando el impulso, le dio una patada brutal a Hugo.
Un matón callejero como Hugo se había peleado innumerables veces desde pequeño.
Pero al recibir esa patada, sintió que se le iban a romper todos los huesos del cuerpo.
Salió volando hasta chocar contra un auto, rebotó y cayó pesadamente al suelo, escupiendo un chorro de sangre.
Levantó la cabeza a duras penas y miró al hombre que tenía enfrente.
El hombre lo miraba desde arriba, con una mirada helada, cubriendo a Ivana con la mitad de su cuerpo.
Además del auto que había conducido Nelson, había varias camionetas negras rodeando el lugar, y las luces altas iluminaban todo como si fuera de día.
Hugo había crecido en un pueblo, pero en la ciudad había visto muchas cosas.
A veces, en los clubes nocturnos, veía a esos nuevos ricos, tipos obesos con relojes de oro que valían cientos de miles.
Sin embargo, el hombre que tenía delante le provocaba un miedo indescriptible, esa clase de elegancia y autoridad de alguien que ha estado inmerso en el poder y la riqueza toda su vida.
Incluso cuando la mirada del hombre se posó levemente sobre él, Hugo apartó la vista por instinto.
«Maldita sea, ¿qué hay que temer?», pensó.
Hugo era el que menos quería mostrar debilidad frente a ese tipo de personas, por miedo a hacer el ridículo.
Echó un vistazo a los autos que los rodeaban; aunque no reconocía las marcas, podía sentir que costaban una fortuna.

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