—¡Ivana, al fin despertaste! —Gilda llegó corriendo hasta la cama, haciendo un puchero—. Me sacaste un susto de muerte, ¿sabes? Vine a verte hace un par de días, ¡y seguías ahí acostada, inconsciente!
Ivana soltó una broma:
—¿Qué, pensaste que ya iba a colgar los tenis? Tranquila, estoy bien, ¿no ves que ya abrí los ojos?
Justo cuando se preparaban para ponerse al día, Ivana frunció el ceño de golpe y se agarró el estómago con violencia.
La sonrisa se le borró a Gilda en un segundo.
—¿Qué pasó? ¿Te duele la herida?
Ivana apretó los dientes y negó con la cabeza; en cuestión de segundos, el dolor fue tan agudo que la dejó sin aliento.
—Me duele la boca del estómago... y la cabeza... me duele muchísimo la cabeza...
Ese nivel de dolor no se podía aguantar apretando los puños; sentía como si le estuvieran serruchando el estómago por dentro.
De repente, Ivana empezó a buscar algo desesperadamente por toda la cama.
—¿Dónde está mi bolsa? ¡Ayúdame a buscarla rápido!
Como apenas había despertado el día anterior, no tenía idea de dónde había guardado Nelson su ropa y sus cosas, y por más que buscaba, no daba con ellas.
—¡Dónde la dejaron!
Al verla tan alterada, Gilda se apuró a ayudarle.
—¿No es esta que está en el buró? —dijo mientras le pasaba la bolsa—. ¿Te dio un ataque de gastritis otra vez? ¿Traes medicina aquí adentro?
Abrió el cierre de inmediato y no tardó en encontrar un frasquito blanco.
—¿Es esta? ¿Cuántas pastillas te tomas?
—¡Esa no es! ¡No! —Ivana le dio un manotazo al frasco, haciendo que saliera volando. Su mirada se llenó de desesperación—. ¡Me duele demasiado, ya no aguanto!
—Ivana, cálmate, ¡no te puedes tomar nada sin que el doctor te lo recete!
Gilda ni siquiera había terminado de hablar cuando Ivana le arrebató la bolsa de las manos y vació todo el contenido sobre la cama.
—¿Dónde están mis analgésicos? ¡Dónde se metieron! ¡Apúrate, ayúdame a buscarlos!
Gilda se asustó de verdad al verla así; Ivana siempre había sido una persona muy dulce y centrada frente a ella, jamás había perdido los estribos de esa manera, así que el dolor debía ser insoportable.
Sin perder un segundo más, Gilda apretó el botón para llamar a la enfermera.
En ese preciso instante, la puerta se abrió otra vez.
En ese momento, Ivana era incapaz de escuchar razones; en su cabeza solo había un pensamiento: ¡dolor!
Era un dolor tan enloquecedor que le distorsionaba todo a su alrededor.
Ivana apartó las manos de Nelson de un empujón y, sin importarle que todavía traía el suero conectado al brazo, agarró la almohada y se la aventó.
—¡Dámelos ya! ¡¡¡Ahhh!!!
Gritó desesperada, agarrándose la cabeza a dos manos, y presa del sufrimiento empezó a golpearse la cabeza contra la pared.
—¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca?
A Nelson se le paró el corazón al verla hacer semejante cosa, y de inmediato metió las manos para detenerla, ¡evitando que se hiciera daño!
—¡Lárgate! ¡No me toques!
Ivana había perdido por completo la razón; el dolor extremo la había arrastrado a un estado de histeria incontrolable.
Cuando Nelson alargó el brazo para sujetarle las muñecas, ella, por puro instinto, abrió la boca y le encajó los dientes con todas sus fuerzas.
—¡Sss!

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