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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 521

Nelson Zavala aspiró aire de golpe y frunció el ceño con fuerza, pero no la soltó.

Dejó que siguiera mordiéndolo, incluso cuando la sangre empezó a brotar.

¿Qué diablos estaba pasando?

Solo era un ataque de gastritis, ¿cómo la había llevado a este estado?

—¡Ayuda! ¡Un doctor! —gritó Gilda Mayén, aterrorizada desde la puerta.

Una enfermera fue la primera en entrar corriendo y se quedó helada al ver la escena.

El cuerpo de Ivana ya no daba más. Si seguía así, iba a ocurrir una tragedia.

Nelson miró a Ivana, quien seguía retorciéndose como loca en sus brazos, con los dientes clavados en su piel. Reprimió la angustia que le oprimía el pecho y le gritó a la enfermera:

—¡Un sedante!

A medida que el líquido de la jeringa entraba en sus venas, el cuerpo tenso y agitado de Ivana se fue relajando en cuestión de segundos.

Sus hermosos ojos estaban inyectados en sangre por la crisis maníaca.

—Analgésicos...

Esa fue la última palabra que murmuró de forma inconsciente antes de caer rendida.

La habitación finalmente quedó en silencio.

Nelson permaneció de pie junto a la cama, con el rostro serio. Su brazo estaba lleno de heridas por las mordeduras y la sangre manchaba la manga de su camisa.

Pero no sentía dolor. Solo podía mirar el rostro pálido y exhausto de Ivana, que por fin descansaba.

¡Algo andaba muy mal!

La reacción desproporcionada que Ivana acababa de tener ante el dolor no era normal. ¡Nunca se había puesto así, ni siquiera cuando la operaron!

¿Analgésicos?

Nelson estaba desconcertado. ¿Acaso no le había quitado los analgésicos hacía tiempo?

Desde que se dio cuenta de que Ivana dependía cada vez más de esas pastillas, decidió cortarle el suministro. Lo había hecho por su propio bien.

Pero, si llevaba tanto tiempo sin tomarlas, ¿por qué reaccionaba así?

—Ivana... ¿cómo llegó a esto?

Gilda estaba temblando en la puerta, claramente alterada por lo que acababa de presenciar. Ivana solía ser la persona más dulce del mundo, pero hacía unos minutos parecía poseída. Si Nelson no se hubiera interpuesto, Ivana casi le habría arrojado un vaso de vidrio a la cabeza.

—¿Le pasó algo grave a Ivana? —preguntó Gilda, mirando con confusión a la figura dormida en la cama.

Nelson no respondió.

Observó a la enfermera guardar las muestras y llevarlas a toda prisa al laboratorio.

No se atrevió a compartir sus sospechas con Gilda porque ni él mismo quería creerlas. Todo dependía de los resultados.

Nelson miró las marcas profundas de dientes en su brazo, y su rostro se ensombreció.

Caminó hacia el sillón, agarró el bolso de Ivana y lo volcó sobre la mesa con un ruido sordo. Billetera, llaves, pañuelos y cosméticos cayeron desparramados.

Con mirada afilada, rebuscó rápidamente entre sus cosas.

Agarró un frasco blanco, lo agitó y lo olió. Era solo su protector gástrico.

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