—¿Acaso no ves que Ivana se está matando por demostrar lo que vale? ¿Y por qué crees que llegó a este extremo? ¿De verdad no tienes idea?
Gilda no se contuvo y alzó la voz.
—¡Tuvo que abandonar sus estudios porque se interpuso para recibir una puñalada por ti! ¡Hasta el día de hoy, ni siquiera ha podido graduarse!
—¿Y cómo le pagaste? Quejándote de que era una inútil ama de casa. ¡Tú y tus amiguitos la trataron como a un chiste!
—Ella dice que no se arrepiente, ¡pero a mí me da lástima!
—Nelson, mírate al espejo y pregúntate si tienes el descaro de cuestionarla.
Gilda le apuntó con el dedo directamente a la cara, descargando todo su odio.
—Yo nunca he dicho que sea una inútil... —intentó defenderse Nelson, pero Gilda lo interrumpió tajante.
—La tratas como basura, pero tampoco la dejas ir. Le pones un chofer para vigilar cada uno de sus movimientos, ¿qué te crees que es?
—Tiene un nudo en el pecho, y si no encontraba una forma de desahogarse, ¡tarde o temprano iba a explotar!
Nelson se quedó paralizado. Su rostro estaba tan pálido que parecía enfermo.
Mientras escuchaba a Gilda, la poca culpa que había empezado a sentir se rompió por completo. Levantó la cabeza de golpe, a la defensiva, como un gato acorralado.
—¡Estoy intentando cambiar! ¿Crees que no quiero tratarla bien? ¡Me estoy esforzando!
—¿Y acaso ella es un ángel? ¡También le soporto sus caprichos! ¿Qué le ha faltado? ¡Nunca ha tenido que preocuparse por nada material!
—¿Y cómo me lo paga? ¡Ahora me esconde todo! ¡Me trata como si fuera su enemigo, al punto de esconder pastillas en un estúpido frasco de chicles!
No entendía por qué Nelson estaba tan enojado, pero sabía que el dolor de Ivana era mil veces peor que cualquier cosa que él estuviera sintiendo.
Eran un par de lunáticos.
Uno se negaba a soltarla y ella se negaba a perdonarlo. Ninguno iba a ceder.
Al final, solo iban a terminar destruyéndose el uno al otro.
Nelson estaba a punto de gritar algo más, pero de reojo vio el interior de la habitación del hospital y se quedó callado de golpe.
Bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. Tenía las palmas empapadas en sudor. Respiró hondo y bajó el tono de voz, lleno de remordimiento:
—Lo siento... perdí el control.

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